¿Qué significa perdonar? (Para culminar el Jubileo de la Misericordia II)



Presentamos el segundo texto de la recopilación que nos comparte el Hno. Gonzalo Carvajal, mientras nos acercamos al final de este Año Santo de la Misericordia, que será el 20 de noviembre de 2016.


¿QUÉ SIGNIFICA PERDONAR?


Pero ¿qué significa perdonar? ¿Qué debo hacer o dejar de hacer para perdonar de verdad a quien me ha ofendido?


Lo primero de todo, por supuesto, debo renunciar a la venganza. No puedo tomar la justicia por mi mano. Para administrar justicia ya existen en la sociedad los órganos competentes, que repararán mi honor lastimado o me resarcirán de los daños recibidos. Renunciar a la venganza personal es una exigencia primaria del comportamiento cívico. «¿No lo hacen también los paganos?». (Mt 5, 48)


Pero ya se sabe que existen muchas clases de venganza. Las hay que son plenamente legítimas desde un punto de vista humano. Me basta tal vez una sola palabra para vengarme de mi ofensor, para castigarlo moral y socialmente. Me bastaría incluso no hacer nada, pero procurando que mi pasividad resulte para él humillante. «La más alta venganza —escribió Goethe— consiste en no tomar venganza». Es decir, consiste en ignorar la ofensa para así despreciar al ofensor. En realidad, no he sido ofendido: mi presunto ofensor no tiene categoría suficiente para ofenderme.


Es posible vengarse incluso practicando el perdón. Perdonaré a mi ofensor, pero demostrándole que lo hago por simple condescendencia; me permito otorgarle algo a lo cual él jamás tendría derecho. Lo perdonaré, pero obligándole así a reconocer mi superioridad moral.


¿Qué tipo de perdón sería ése, un perdón que resulta tan ofensivo para quien lo recibe como halagador para quien lo ejercita? He aquí, pues, a lo que me obligo si quiero renunciar de verdad a la venganza: debo renunciar no sólo a la admiración social que supondría un perdón público, sino también a esa gratificante satisfacción íntima que parece inherente al noble acto de perdonar.


Tras haber sido ofendido, en mi mano está recurrir a la justicia humana o prescindir de ella. ¿Y si recurro a la justicia divina?


Puedo y debo acudir a Dios, sí, pero no apelando a su justicia sino a su clemencia. «Oren por los que los persiguen» (Mt 5,44). En vez de pedir a Dios que castigue a mi ofensor, pediré que lo perdone.


Invocar la justicia divina desistiendo de la justicia humana es algo así como trasladar el asunto desde un tribunal de primera instancia a otro tribunal superior. Evidentemente, seguiría moviéndome en el plano de la mera justicia. ¿Y con qué palabras podría orar a Dios? Puedo recitar un «salmo de maldición», pero me está vedado terminantemente rezar el padrenuestro.


Perdonar no es un acto necesariamente religioso. Es, ante todo, un acto humano que pertenece al desarrollo de la persona humana. Se puede describir su proceso, con toda propiedad, en términos psicológicos.


Los psicólogos han demostrado cómo el deseo de venganza aparece en la persona mucho antes que su disposición al perdón. Ese deseo de responder negativamente a los estímulos negativos está ya presente en la historia primigenia del niño, desde sus primeras experiencias de frustración. Después, gradualmente, debe ir aprendiendo a superar los sentimientos de hostilidad mediante otros sentimientos de carácter positivo. Se trata de una lenta y azarosa evolución, con posibles retrocesos. Pero es evidente que la capacidad de perdonar se revela como una manifestación de energía y de progreso interior, mientras que el deseo de venganza demuestra ser un residuo, un síntoma de debilidad. He aquí algo que resulta esencial en toda personalidad madura: saber perdonar y saber pedir perdón. Afecta sustancialmente a la vivencia de la libertad, al análisis de la propia conducta, a la búsqueda de la verdad, al adecuado ejercicio de las relaciones interpersonales.


El perdón —como acto y como actitud— es imprescindible para vivir dignamente, humanamente. Imprescindible para una vida social propiamente humana. Revela, igual que la vida social misma, nuestra indigencia y nuestra potencia virtual. Necesitamos perdonar y ser perdonados. ¿Qué sería la vida humana sin perdón?


La negativa a perdonar produce efectos perniciosos, no sólo en el ofensor, que se ve privado de ese don, sino principalmente en el ofendido. Mientras no perdono, la ofensa sigue ahí, no cesa, y yo continúo siendo su víctima. Acaba creándose en mí una atroz dependencia: en la medida en que mantengo hacia mi ofensor sentimientos de rencor y de venganza, vivo para él, para odiarlo; se ha hecho dueño de mí. Sólo el perdón podría liberarme. Si perdono, terminará desapareciendo el recuerdo de la ofensa y también del perdón mismo. Porque un enfermo no puede menos de pensar en su enfermedad, pero una persona sana ni siquiera piensa en su salud.


Tras la concesión del perdón, el ofensor deja de ser un culpable y pasa a ser eso que es en profundidad, una persona humana portadora de los mismos valores que el ofendido. Por lo que a éste respecta, ya no es un acreedor, un ser ultrajado que necesita reparación, sino alguien que, en virtud de esos mismos valores, es capaz de elevarse por encima de la ofensa que recibió. Tanto el ofensor como el ofendido quedan equiparados en su dignidad intrínseca como personas.


Así pues, el perdón viene a liberar simultáneamente al que perdona y al que es perdonado. La ofensa ya quedó anulada. El perdón cancela el pasado y, por eso, puede abrir un futuro distinto. En cambio, la venganza no sólo ata al pasado, sino que también hipoteca el futuro. Tiende a provocar indefinidamente la misma respuesta, esa lógica puramente mecánica de repetición. El ojo por ojo crea un círculo vicioso. Y lejos de contrarrestar un daño con un beneficio, un mal con un bien, suma dos males. La innegable satisfacción producida por la venganza pertenece al nivel más superficial de la persona y no compensa en absoluto el perjuicio causado en los niveles profundos. Más aún, probablemente ese círculo se convertirá en espiral, la llamada «espiral de violencia». Lo dijo Gandhi: «El ojo por ojo hace que el mundo se quede ciego».


El perdón rompe la previsible cadena de causas y efectos, trivial a la vez que terrible. No es una simple reacción provocada por la acción del contrario, sino que introduce un elemento nuevo. Abre el futuro, abre la posibilidad de una vida diferente. Porque descubre o suscita posibilidades nuevas en el ser humano. De hecho, es un acto de fe en los valores de la persona.


Este nuevo futuro abierto por el perdón humano evoca aquella novedad radical que el perdón divino produce en nuestra existencia y que permite afirmar con toda verdad: Nunc coepi. (Ahora comienzo) Por muy largo y abrumador que sea mi pasado, puedo decir hoy sin temor a equivocarme: Ahora empiezo. Y por muchas veces que lo haya dicho, puedo decirlo de nuevo cada mañana: Ahora empiezo de nuevo.


Asimismo, ese acto de fe en la persona, ese acto de confianza que realizamos al perdonar a nuestros hermanos, alude a aquella confianza indefectible, diariamente renovada, que Dios ha depositado en sus hijos.


La práctica del perdón crea una revelación privilegiada del rostro de Dios. Es indispensable que el hijo fiel perdone al hijo pródigo sus desmanes, así como es necesario igualmente que éste perdone luego a su hermano la acogida tan hostil que en principio le ha dispensado. Y no sólo por una obligación moral, como sería la de identificarse ambos con la actitud indulgente del padre, no sólo por ese deber derivado de una lectura religiosa de la parábola, el deber de ser misericordiosos como nuestro Padre es misericordioso. Es también una exigencia básica de la vida dentro del hogar, ya que el perdón pertenece a la trama misma de la vida familiar y social, de la vida humana en definitiva.

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