Siempre precede el perdón de Dios (Para culminar el Jubileo de la Misericordia V)

11/18/2016

 

Mientras vivimos los últimos días del Año Santo de la Misericordia presentamos el quinto y penúltimo texto que nos ayudará a culminar el Jubileo profundizando en todo lo que hemos vivido. Recordemos que son textos que ha recopilado y adaptado el Hno. Gonzalo Carvajal.

 

 

SIEMPRE PRECEDE EL PERDÓN DE DIOS

 

Nos preguntamos ahora sobre la relación existente entre el perdón de Dios y nuestro perdón, expresada en esa frase textual: «Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden».

 

¿Acaso nuestro perdón podría considerarse causa del perdón divino? Por supuesto que no. El perdón que nosotros ejercemos no provoca ese otro perdón que se nos va a otorgar, ni lo compromete necesariamente. No crea en nosotros ningún derecho en virtud del cual Dios tendría el deber de perdonarnos. Sus actos son siempre soberanamente libres y su gracia es, por definición, gratuita.

 

Nuestro perdón no es la causa del perdón divino, sino únicamente su condición, la condición que Dios ha puesto para concedérnoslo, la condición que nos permitirá gozar de él. Es como el acto de abrir una ventana, condición indispensable para que la habitación se ilumine. Condición, no causa; la causa de tal iluminación es, evidentemente, el sol.

 

«Si perdonan sus faltas a los demás, el Padre que está en el cielo también los perdonará a ustedes. Pero si no perdonan a los demás, tampoco el Padre los perdonará a ustedes» (Mt 6,14s).

 

No obstante, hay otros textos donde se invierte el orden, donde nuestro perdón aparece no como condición, sino como consecuencia del perdón divino. «El Señor os ha perdonado, haced vosotros lo mismo» (Col 3,13; Ef 4,32).

 

Efectivamente, el perdón que nosotros otorgamos reúne ambas notas, tiene tanto de efecto posterior como de condición previa. Porque para poder realizar esa buena acción que es el perdón, necesitamos de la gracia de Dios. Para poder cumplir la condición hemos de recibir antes la fuerza necesaria que nos permitirá cumplirla, fuerza que se nos concede al recibir la gracia, la cual es, en cualquier caso, gracia redentora, gracia de perdón.

 

Siempre tiene que preceder el perdón de Dios, porque siempre precede su amor misericordioso. En este amor originario se funda nuestro perdón y de él se alimenta. Diríase que entre ambos debe haber como una interdependencia progresiva. El perdón divino capacita al hombre para perdonar; el perdón humano, que nació del amor divino, se desarrolla luego más y más con la experiencia de este amor y abre nuevas posibilidades para seguir recibiéndolo después con fruto creciente.

 

Tras comparar la naturaleza de ambos perdones, habría que comparar su alcance o magnitud. Perdónanos como nosotros perdonamos.

 

Es obvio que no se puede hablar de equivalencia. Nosotros perdonamos cien denarios a nuestro prójimo y Dios nos perdona a nosotros diez mil talentos. Esta abismal diferencia, sin embargo, es compatible con una cierta semejanza que autoriza a emplear, como siempre que se habla de Dios, el llamado lenguaje analógico. Nuestro perdón ha de ser total como total es el perdón divino, independientemente de las cantidades adeudadas y canceladas en cada caso.

 

Tal analogía podría expresarse también en términos de proporcionalidad. Dios se muestra justo con los justos y misericordioso con los misericordiosos. Si yo doy un grano de trigo, recibiré un grano de trigo; si doy un saco de trigo, recibiré un saco de oro. Es decir, si me limito a obrar con justicia, seré tratado con justicia; si procedo con misericordia, gozaré de misericordia.

 

La diferencia entre ambas misericordias sigue siendo siempre enorme. «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (Le 6,36). Literalmente, resulta algo tan inasequible, tan irrealizable como la otra versión paralela: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48). ¿De qué modo, pues, se podrá comparar nuestro perdón con el suyo?, ¿cómo explicar, según esa misericordia divina, la amplitud o profundidad que debemos dar a nuestro perdón?

 

Seamos sinceros. Sabemos muy bien que no necesitamos de más explicaciones. Cualquier precisión ulterior sería superflua a la vez que imposible. Porque de sobra sabemos que nos basta con la explicación más simple: seremos perdonados de verdad si perdonamos de verdad. Eso es todo.

 

Perdónanos como nosotros perdonamos. ¿Somos conscientes de lo que estamos diciendo? Péguy tomaba tan en serio esas palabras, que estuvo varios años sin atreverse a rezar el padrenuestro.

 

 

 

 

 

 

 

 

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