Pluma Corazonista: En la Escuela de Jesús

12/26/2016

 

Erbil se sostuvo detrás del tronco del sicómoro para poder seguirlos movimientos del rabí Joshua sin ser visto ni molestado, pues hacía un tiempo que había oído hablar de él y las cosas que se decían lo tenían muy intrigado. Esperaba descifrar sus posturas y afirmaciones sobre la realidad, lo que lo hacía vivir tremendamente inquieto y desasosegado.

 

Y ahora lo tenía ahí, al alcance de su vista, pues estaba sentado sobre una tela gruesa en un leve montículo rodeado de gente a la espera de sus enseñanzas. A pesar de tener cubierta la cabeza para protegerse del sol, mostraba su joven rostro sereno y amable. Para Erbil era la oportunidad ansiada.

A sus jóvenes años todavía no se había decidido a seguirlo como lo hacía su amigo Natanael. Él necesitaba más pruebas y mayores precisiones; sin embargo, algo especial lo atraía de aquel itinerante maestro tan fuera de todo lo que en su corta vida había conocido en Galilea.

 

Natanael le hablaba de él con entusiasmo, pero a Erbil se le hacía que Nat, como le llamaba afectuosamente, era un poquito exagerado. No razonaba lo suficiente para su gusto. Y le parecía que se dejaba llevar más por el afecto y su extremada sensibilidad que por la verdad oculta en la realidad, por la que él sí estaba interesado.

 

Estaba todavía acomodándose bajo el no tan frondoso árbol, porque el sol pegaba a pleno, cuando de pronto le llegó con claridad una frase pronunciada por el maestro, y que era como aquellas que a él le producían inquietud y zozobra.

 

“Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños…”.

 

¿Estaría hablando de Dios? Si así fuera, ¿por qué lo llamaba su Padre? ¿No sería mucho atrevimiento? Dejó de lado ese razonamiento atraído por el resto de la expresión: ¿será que hablará en forma verdaderamente simple como para develar sus preocupaciones? Porque él se sentía pequeño ante la inmensidad del Yaveh que le explicaban en la sinagoga. Joshua hablaba con sencillez y con autoridad, desde sí mismo y no acudiendo tanto a las Escrituras ni a otros “sabios y prudentes” del Pueblo elegido al que él pertenecía.

 

Apenas dejó de pensar estas cosas, le oyó continuar: “Sí, Padre, porque así lo has querido. Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”.

 

¡Ah, bueno…! Si lo primero le parecía un atrevimiento, esto ya era una confirmación de dos cosas: una, que sí, Joshua era un atrevido; y, dos, que estaba totalmente convencido de su intimidad con Yaveh. Por otra parte, ¿podría resolverle él aquellas cosas por las que estaba preocupado e inquieto? Porque, si fuera verdad su cercanía al Padre-Dios, como audazmente lo llamaba, y lo conoce bien… ¿querrá compartir ese conocimiento con él a pesar de su insignificancia? ¿Qué le podría revelar?

 

Se aprestó a escuchar más, no estaba tan lejos como para que se le perdiera ninguna palabra. Sí le molestaban un poco los que estaban alrededor del Maestro, tal vez por envidia… Allí estaban sus seguidores, los discípulos, entre ellos, su amigo Nat. Igualmente, desde el lugar elegido, podía observar los gestos de Joshua que decían más que sus palabras y que lo tenían curiosamente sorprendido.

 

De pronto eso fue lo que lo desconcertó: la expresión de su rostro. Invitaba con sus ojos, atraía con su sonrisa leve, abarcaba -con el movimiento de su cabeza-, a todos los que le rodeaban. Parecía poner su corazón en la mirada y atesorar cada mirada en su corazón, en cada palabra. Continuó diciendo: “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré”.

 

¡Ah, esto podría ser para mí! -pensó Erbil-, me está hablando a mí. Se sintió aludido. Entonces, se alejó del árbol y se arrimó un poco más, cerca de su amigo, para escuchar mejor. Sondeó con una mirada rápida a los que allí estaban y observó una total subyugación de miradas y atención de las personas allí sentadas, varios inclusive con la boca abierta. Pensó que, tal vez, ahora sí, encontraría respuestas a sus preguntas.

 

“Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana”.

 

En ese momento, Erbil se sintió totalmente anonadado porque la mirada de Joshua se posó sobre sus ojos y le sostuvo la mirada. Quedó estático, sin atinar a nada. De pronto, al instante, algo como un rayo intenso le penetró el corazón y sólo supo que quería ser como Él, que quería seguirlo, que se sentía seguro a su lado, que era lo que estaba buscando…

 

Ya no vio a nadie a su alrededor, no sintió el calor, ni las voces… Sólo vio su rostro sonriente, amable, comprensivo frente a él. No necesitó decir nada. Pareció como que el Maestro había recorrido todo su interior y le había dado la clave de su vida: ser paciente, ser humilde para seguirlo, para, por fin, ¡encontrar la paz!

 

Después, más en sus cabales, porque es como que había perdido la capacidad de razonar por un instante, empezó a plantearse qué era aquello del yugo y de la carga…no lo comprendía, ¡si se sentía tan feliz con sólo verlo y estar cerca de él! No podía ser tan difícil seguirlo y aprender a su lado. Seguramente Nat le hablaría de ello porque hacía un tiempo que formaba parte de su grupo. Sí, a Nat le preguntaría la manera de acercarse a Joshua y de formar parte también él deesa comunidad de seguidores. Tenía toda la confianza puesta en aquella mirada de aquel rostro que lo había invadido y cautivado.

 

Erbil se unió al grupo, pero no entró de lleno. Él se conformaba con la sonrisa que cada tanto le dedicaba el Maestro sin decir una palabra. Esa sonrisa era una gota de agua fresca en su corazón encendido.

 

Después de una semana, caminando por las cercanías del monte Tabor, lugar donde algunos discípulos participaron de una situación extraña según se rumoreaba, Erbil comenzó a plantearse qué le impedía ser parte del grupo totalmente. Y, acostumbrado como estaba a hacerse preguntas y buscar respuestas, memorizó algunas para plantearlas en su momento a su amigo Nat o a alguno de los otros discípulos con los que ya se había animado a conversar sin problemas. No descartó la posibilidad de presentárselas al Maestro, pero aún no se animaba.

 

Había constatado, inclusive personalmente, que las virtudes de Joshua que le invitaban a seguirlo eran la humildad, la mansedumbre y la misericordia.

 

En este momento de mi vida,- Erbil volvió a repasar esa noche las cuestiones pendientes, arrebujado en su túnica y apoyando la cabeza en una piedra para, por fin, descansar de su propio pensamiento…

¿Dónde queda esta escuela para aprender esas virtudes?

¿Quiénes se forman conmigo en ella?

¿Quiénes me enseñan humildad, mansedumbre y misericordia?

¿Ya aprobé algún tema en esta escuela?

¿Qué me queda por aprender?

¿Qué se me exige para estudiar en esta escuela?

¿Qué obtendré al final?

 

Y como tantas otras veces, las faltas de respuestas le bajaron los párpados y el sueño se hizo cargo de él. Antes de cerrar los ojos le pareció ver al Maestro que se retiraba solo para orar, como lo hacía siempre.

 

Tal vez por la cercanía del monte Tabor y por los rumores circulantes, esa vez soñó que Joshua le daba un abrazo infinito y él le decía: ¡No me sueltes! ¡Con vos vale la pena vivir!

 

 

Hno. Roberto F. De Luca

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