Una reflexión en torno a nuestros Fundadores, rumbo al Bicentenario

9/30/2019

Si para recobrar lo recobrado

debí perder primero lo perdido,

si para conseguir lo conseguido

tuve que soportar lo soportado,

 

si para estar ahora enamorado

fue menester haber estado herido,

tengo por bien sufrido lo sufrido,

tengo por bien llorado lo llorado.

 

Porque después de todo he comprobado

que no se goza bien de lo gozado

sino después de haberlo padecido.

 

Porque después de todo he comprendido

que lo que el árbol tiene de florido

vive de lo que tiene sepultado.

 

Francisco Luis Bernárdez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Geniales palabras del poeta. Reflejo de todo aquel que invierte su vida en conjugar verbos que significan acciones y acciones que significan vida y vida en serio. Y Dios nos regaló a dos personas que hicieron, ni más ni menos, que los descripto por Bernárdez: el Padre Andrés y el Hermano Policarpo.

 

Para recobrar lo perdido, el Padre Andrés acogió, primero en su corazón y después en el Piadoso Socorro, a niños y jóvenes abandonados sin futuro y sin esperanza, tarea que providencialmente continuó el Hermano Policarpo. Si bien lo consiguieron cada uno en su momento, no fue sin haber soportado toda clase de preocupaciones, contratiempos y sufrimientos.

 

Preocupaciones, contratiempos y sufrimientos que, en unos casos, se impusieron y, en otros, los aceptaron, por su amor a Dios y al prójimo. Fueron hombres enamorados y por eso heridos, sufrientes, con el corazón envuelto en llamas y en llantos de amor comprometido.

 

Pero, he aquí que todo ello les sirvió para comprobar que lo padecido por el amor desbordante de sus corazones, fue causa y efecto de su gozo.

 

En vistas de su ejemplo, sólo nos queda comprender que, si bien hoy nos enorgullecemos sanamente de los logros de nuestras comunidades Corazonistas en todo el mundo y, en particular aquí, sabemos y lo tenemos muy en claro, que todo nuestro gozo celebratorio actual del Bicentenario, se debe al Dios Amor que es todo Corazón, y a las semillas que Andrés, Policarpo y todos nuestros antepasados, sembraron con denuedo; porque lo que nuestro árbol tiene de florido es porque vive de lo que tiene sepultado.

 

Hno. Roberto De Luca

(Texto compartido en el Café Literario del colegio de Venado Tuerto, en 2019)

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