Andrés y Andrea: un camino en el carisma


El joven sacerdote Andrés Coindre hacía su recorrida habitual caminando desde la casa de la última visita a enfermos de su parroquia esa noche, pensando ya en las tareas previstas para el día siguiente. Hacía mucho frío; él, si bien iba bastante abrigado, lo sentía y mucho, cuando, de pronto, en el portal de la iglesia San Nazario, ve muy acurrucaditas, dos niñas vestidas apenas con harapos y tiritando de frío.


Ahí nomás olvidó lo que estaba pensando y buscó febrilmente proporcionar un alivio a esas chicas que, evidentemente, no tenían dónde guarecerse y que pasarían la noche allí mismo sin ninguna seguridad de llegar con vida a la mañana siguiente…


Su mente —siempre atenta a la realidad circundante y en lo que Dios le pedía como respuesta—,

alumbró una idea en la fría oscuridad de la noche. “Las llevaré a lo de Claudina; esa chica tiene un

gran corazón y las podrá proteger, al menos por esta noche”.


Y así hizo. A Claudina no le llamó la atención la visita de Andrés a esas horas, porque sabía del

dinamismo pastoral del padre y su inquietud por el prójimo, sobre todo de niños y jóvenes.


Si bien Andrés solucionó el problema en aquella oportunidad, una cosa trajo la otra y volvió a su tema recurrente: los niños, niñas y jóvenes que estaban como ovejas sin pastor (como dice el evangelio). Los veía tanto en las calles como en las cárceles de la ciudad de Lyon (Francia) —a las que visitaba habitualmente—, donde residía. También reflexionó, que no bastaba con quejarse de los frutos de la reciente Revolución Francesa ni de los enemigos de la Iglesia… Él debía hacer algo, todos los cristianos debían hacer algo… Ese pensamiento lo entristeció un poco pero su corazón ardiente y apasionado, en seguida buscó soluciones prácticas porque la teoría sola no le servía a nadie. Corría el año 1817.


La seño Andrea estaba esperando para entrar al Jardín 1275 de la calle Lisandro de la Torre. No pudo dejar de mirar y sonreír al ver cómo algunos de los niños, bien abrigados y alimentados que allí entraban, se despedían de sus madres con alguna furtiva lágrima como dice la canzoneta napolitana, o a moco tendido como se dice por acá.


Por otra parte, en su trabajo, había observado que, si bien no carecían de bienes materiales, sí notaba que otros ‘alimentos’ les faltaban, y de ésos ella podía proporcionarles en grandes dosis porque Dios le había adornado con un gran corazón, además de su sólida capacitación de maestra jardinera. A la distancia, además de llevar su nombre, se veía como el P. Andrés: con esa mirada puesta en la realidad y el corazón puesto en Dios que le solicitaba alguna solución a esas necesidades. Y en eso invertía su vida. Se consideraba, salvando las distancias, como los brazos largos del P. Andrés y el corazón de su amado Jesús.


En esos días, al ver las comunicaciones de la escuela, el logo le había traído a la actualidad: ya han

pasado 200 años de la fundación de la comunidad corazonista que le posibilitaba aportar su virtuosismo profesional y sus ansias de amar y, también, por qué no, sentirse amada; aunque, es verdad que, a veces, no comprendía ciertas situaciones y quedaba algo descolocada. Cuando esto le sucedía se decía en voz baja: “al gordo Coindre también le pasaba lo mismo…” y se sonreía.

Y Andrés puso manos a la obra: invitó a unos jóvenes, devenidos instructores, para su obra del Piadoso Socorro, donde albergaría a ese grupo de muchachos de la calle o liberados de la cárcel, para educarlos, enseñarles religión y un oficio (telares de seda).


Al tiempo se dio cuenta de que eso solo no sería suficiente, pues la estabilidad del personal era endeble, y además le pareció que la escuela era una mejor respuesta para cubrir tantas necesidades.


Oración de por medio, el Espíritu le inspiró otra fundación: la de los Hermanos del Sagrado Corazón. Para ello, invitó a esos jóvenes que colaboraban en el Piadoso Socorro a ser religiosos y vivir en comunidad. Ante el entusiasmo y audacia de Andrés, la mayoría aceptó la propuesta y el 30 de septiembre de 1821, en la capilla de Nuestra Señora de Fourvière (Lyon), diez hermanos se

consagraron a Dios en la obra del P. Andrés Coindre, y se consolidó la vida comunitaria al servicio de niños y jóvenes necesitados.

Si bien Andrea puso todo su entusiasmo en el trabajo, vio que no alcanzaba. Se dio cuenta de que sus esfuerzos no eran suficientes. Y vuelta a pensar en el P. Andrés, el Espíritu volvió a aletear sobre ella. ¿Y si le consulto a Matilde que tiene más experiencia? ¿O a Julieta que es más joven y tiene más empuje? ¿O a Luisina que es un cerebrito? ¿O a Ángela que es todo paciencia? ¿O a Nadia que es muy espiritual? Igualmente le puedo preguntar a Carmen que tiene todas las respuestas porque maneja la normativa como ninguna, pienso, para no meter la pata…


Y así, pensando…, pensando… llegó a la conclusión de que tenía que hacer como el Gordo: recurrir a todas y actuar como comunidad, donde cada una, respetando y aprovechando los valores de todas, pudieran construir una comunidad de vida y de acción que beneficiara a todos.


Esa noche fue su noche de Fourvière: involucrar a todas sus compañeras de alguna manera en su

proyecto de construir comunión desde la fraternidad, para que el Jardín pudiera cumplir su objetivo de educar amando y amar educando, que en definitiva es para lo que el buen Corazón de Jesús las había convocado, ni más ni menos que como al P. Andrés en 1821. Sería una excelente manera de celebrar el Bicentenario en este 2021 tan pandémico como la Revolución Francesa que, igual que ésta, también pasará…


Exhaló un profundo suspiro y casi gritó frente al altarcito de la Virgen de Luján: ¡Gracias Gordo!

¡Gracias Jesús! Y es como que sumó su corazón al grito de Andrés bendecido por Jesús y envuelto en el perfumado manto de María…: ¡Ánimo y confianza!


Y colorín colorado… este cuento, a partir de ahora está comenzando…


H. ROBERTO F. DE LUCA, SC.

(Agosto de 2021)

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