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El juego de los niños nos enseña

Como formadora en el Nivel Inicial, emplear el juego como recurso educativo para el desarrollo íntegro de los niños es parte esencial de mi planificación y rutina cotidiana. En la etapa de educación infantil, nuestros pequeños encuentran en su cuerpo y en el movimiento las principales vías para entrar en contacto con la realidad que los envuelve y, de esta forma, adquirir los primeros conocimientos acerca del mundo en el que viven, crecen y se desarrollan.


hermoso ver cómo, a partir del juego, exploran el mundo que les rodea, se desarrollan a nivel intelectual, motriz, social y afectivo; todo esto constituye, además, una fuente de placer inagotable. Descubren, observan, comprenden, adquieren conocimientos, se relacionan con otras personas y liberan tensiones. Alcanzan destrezas sociales positivas como compartir, jugar de forma cooperativa y expresar emociones de manera apropiada, aprendiendo con alegría que es necesario respetar reglas, opiniones e intereses; ponerse en lugar del otro y asumir roles. En una palabra: aprenden a vivir y ensayan la forma de actuar en el mundo, mientras incorporan valores, normas y formas de vida de los adultos.


Los docentes Corazonistas, comprometidos con la pedagogía de la confianza, la espiritualidad y la cercanía con nuestros niños, damos al juego el lugar que se merece en las salas: no sólo como un recurso lúdico-educativo, sino como una forma de comunión con la alegría cristiana, que lleva a nuestros niños, paso a paso, al descubrimiento del sentido de la propia vida en relación con el amor recibido de Dios. Gracias a ese amor gratuito cada persona descubre su vocación, el sentido de su vida y, por lo tanto, la alegría.

Por otro parte, jugar ayuda a nuestros pequeños a crear vínculos afectivos que generan en ellos seguridad y estabilidad, y, por lo tanto, a relacionarse con el mundo de manera positiva. De esto se trata la seguridad emocional. La alegría nos hace capaces de acoger a los demás con cordialidad y nos dispone a dedicar tiempo a quienes están a nuestro alrededor (cf. Filipenses 4, 5).


No quiero dejar de mencionar el rol fundamental que desempeñan las familias, primeras educadoras, que, en comunión con la escuela, deben trabajar para formar personas capaces de desplegar sus dones y capacidades en el amor a Dios, a sí mismos y a los demás.


Seguramente, cada uno de nosotros guarda en su memoria recuerdos de algún juego compartido en el Jardín, en la Primaria, en la Secundaria y por supuesto en la vida adulta… ¿Acaso no hubo alegrías, risas o tal vez tristezas por perder un desafío, enojos y otros sentimientos que tuvimos que gestionar con la ayuda de un mayor? El juego es parte esencial de la vida y nos permite madurar en todos los aspectos de nuestra persona bio-psico-social y espiritual. Démosle siempre un lugar preponderante en nuestro trabajo, animémonos siempre a aprender jugando.


“El juego, para el niño, es la vía única hacia la madurez y el equilibrio,

y la mejor manera de desarrollar el juego del niño

es convencer a los adultos de su valor” (Michelet, 2001).


Yolanda Abt

Maestra de Nivel Inicial, Villa Gral. Belgrano

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