Transmisión de corazón

El jueves 30 de septiembre terminé la noche mirando por segunda vez la transmisión que habíamos hecho en vivo para celebrar el Bicentenario. La primera vez, durante la misma, no había podido escuchar toda la primera parte porque estaba enfrascado en mi propia participación y en comunicarle a Abel Castro (mucho, muchísimo más que un “técnico”) cualquier dificultad que pudiera haber en la transmisión.


Como decía, terminé de verla por segunda vez… y me invadió una sensación de mucha felicidad. Sin duda la transmisión no había sido “perfecta”: se había colgado un par de veces y a algunas de las personas no se les entendía del todo por la calidad de su micrófono o de su conexión, nos habíamos pasado algunos minutos, etc. Mi mente analítica buscaba esos detalles a mejorar, pero, al mismo tiempo, tenía la sensación de que la transmisión había sido realmente perfecta en todo lo que de verdad importaba.


En la primera parte, la “interactiva”, tras una apertura del Hno. Leonel Cárdenas se desplegaron tres bloques en forma de mini-tertulias, cada uno de ellos precedido por uno de los videos cortos elaborados para todo el Instituto con motivo del Bicentenario. El primer bloque estaba centrado en “recordar el pasado con gratitud”, el segundo en “vivir el presente con pasión” y por último “abrazar el futuro con esperanza”, en el que me tocó intervenir. Estas tres partes reflejaban las tres etapas de preparación al Bicentenario, que fuimos viviendo marcadas por la aparición de los librillos. Concluía esa primera mitad con dos mensajes grabados: uno del Hno. Nicolás Antuñano, explicando el significado del monumento del Bicentenario de su autoría y mostrando su descubrimiento en Temperley y, posteriormente, otro del Hno. Javier Lázaro, con un mensaje de cierre centrado en la gratitud a Dios.


Pero no era la organización de la temática lo que le daba su “perfección” a la transmisión, sino su contenido, aquello que los participantes habían expresado de principio a fin de una manera sumamente natural, porque les nacía del corazón.

Cuando escuchaba a los “abuelos” Jorge Ferrario (Temperley), Miguel Murtagh (Venado Tuerto) y Juan Chuhurra (Montevideo), tenía la sensación de que estaban hablando del presente y no de sesenta años atrás. Hablaban de colegios donde se sintieron cuidados y queridos, donde había referentes cercanos, donde había una puerta abierta a las familias…


Luego vinieron Romina Cuenca y Guillermo Tassone (ambos de Lomas de Zamora), Natalia Lema (ciudad de Buenos Aires) y Carolina Yapura (Villa Gral. Belgrano); los cuatro con la doble condición de ser educadores Corazonistas y padres de alumnos. Y volvían a repetirse las palabras de cercanía, puertas abiertas, comunidad, atención por el otro… No podía ser coincidencia.


Finalmente, Julieta Salomone (Montevideo) y Nicolás Gamboa (Venado Tuerto), jóvenes exalumnos, hablaron de cómo estaban encarando su vida fuera de sus respectivos colegios, llevando la identidad Corazonista muy dentro. Nos contaron de su experiencia de familia en el colegio, de su descubrimiento de la fe y de su deseo de vivirla activamente en la comunidad y en el servicio a los demás. No, sin duda ya no era coincidencia, un hilo de oro invisible atravesaba testimonios de personas mayores, adultas y jóvenes, de seis comunidades diferentes.


Allí, entre las palabras de unos y otros, se adivinaba un hilo conductor: el carisma Corazonista. Ese don que Dios regaló a la Iglesia y al mundo por intermedio de Andrés Coindre y los primeros hermanos en 1821, ese mismo que el Hno. Policarpo “rescató” e impulsó, ese que recibimos nosotros, que da sentido a nuestras vidas y que intentamos compartir con los demás.


Incluso la conducción de cada uno de esos tres segmentos me hablaba del carisma compartido, de la complementación de hermanos y laicos, de hombres y mujeres, de jóvenes y no tanto. Ver a Camila Caligiuri (Temperley) conducir el primer bloque con el Hno. Mario Gassmann, luego a Verónica González (Montevideo) con el Hno. Daniel Impellizzieri y, finalmente, tener la experiencia de compartir el tercer bloque con Gabriela Sánchez (Lomas de Zamora), me hizo valorar más aún esa complementariedad de vocaciones, dones y personalidades que Dios nos regala… ¡qué poco somos individualmente, pero qué mosaico hermoso que Dios hace cuando nos dejamos reunir por Él!


Luego vino la segunda parte, la Eucaristía, presidida por dos exalumnos: Mons. José María Arancedo (Temperley) y el Padre Lisandro Boyle (Venado Tuerto), transmitida desde la capilla del colegio Benito Nazar en la ciudad de Buenos Aires.



Me gustó mucho la participación de tantos hermanos de la Provincia: José Luis Solas, Julio Alonso y Enrique Becker en las peticiones de perdón; Javier Santamaría en la Primera Lectura (desde España); Santos Ortiz, Denis Plourde (desde Roma), Mario Stempel, Gastón Spahn y Gonzalo Carvajal en las intenciones; César Gómez en la oración de comunión espiritual y Roberto De Luca en la acción de gracias. Sumados a quienes habíamos intervenido en la primera parte, éramos ya la gran mayoría de los hermanos de América Austral quienes habíamos podido participar. Era poder ver de una manera bien concreta que, a pesar de todas nuestras diferencias, el Señor nos convoca en torno a su Mesa para que formemos un solo cuerpo.


Las palabras de Mons. Arancedo fueron extraordinarias: sencillas, cercanas, llenas de recuerdos de su niñez y de cariño por los hermanos. Dos ideas destacó él y recuerdo yo: acompañamiento y confianza, como las claves de la educación Corazonista.


Finalmente, la canción final “Desde pequeñito”, que tanto nos une e identifica, vino acompañadas de imágenes de todos los alumnos del último año de Inicial, Primaria y Secundaria de nuestros seis colegios. Porque hasta ahora los alumnos no se habían hecho presentes y poder cerrar la transmisión con ellos, saludando y mostrándonos diversas partes de sus colegios, fue verdaderamente emocionante.


Pero los videos de los chicos eran muchos y el coro, después de repetir varias veces la canción, tuvo que pasar al Salmo 33. Entonces escuchamos “prueben qué bueno es el Señor, hagan la prueba y véanlo”, “engrandezcan conmigo al Señor”, “invoqué al Señor y me dio una respuesta…” cada línea de la canción me hablaba de las imágenes que estábamos viendo como si de algo providencial se tratara. Y llegó el final, y el coro exhausto, pero apoyado como nunca por todos los presentes, prorrumpió en un aplauso de alegría… y ahí terminó la transmisión. Mejor imposible.


Y antes de dormirme con dificultad esa noche del Bicentenario (como me imagino que a Andrés, a Javier, a Borja y a los demás hermanos les habrá costado conciliar el sueño hace doscientos años), pensaba que la transmisión había mostrado, ni más ni menos, lo que somos: nuestros buenos deseos, nuestro esfuerzo sincero, nuestros límites, nuestra comunión… y sobre todo la obra que el Corazón de Jesús hace en nosotros y por intermedio nuestro. Y si verdaderamente es obra de Dios, a pesar de todas nuestras fallas, sin duda que a sus ojos es perfecta.


Hno. Emilio Rodrigo


Mirá la transmisión completa:


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