Ánimo y confianza



«Ánimo y confianza» era el lema de nuestro Fundador. Queremos que sea también de una manera especial el lema que nos motive en nuestro camino hacia el bicentenario del Instituto de los Hermanos del Sagrado Corazón.


En tan breve expresión queda reflejado el corazón de un hombre que tuvo el valor de entregarse por entero, de dar todo lo que tenía y todo lo que era, respondiendo a la llamada de Dios para anunciar su amor. Sin embargo, semejante valor no provenía de su genialidad sino más bien, de su confianza en quien le llamaba a salir de su tierra (cf. Gen 12, 1).


La actitud de cada uno de nosotros, discípulos de Andrés Coindre, debe ser la misma: entrega total, confiando en la misericordia infinita de Dios. Él es el protagonista de esta historia y no nosotros. Este bicentenario es suyo.



MIRAR AL PASADO CON GRATITUD


Hace 200 años, el Dios misericordioso que camina con su pueblo y responde a sus llamadas, decidió actuar en nuestra fundación.


Movido por el Espíritu Santo Andrés Coindre escuchó el sufrimiento de los niños y jóvenes; imbuido del amor del Corazón de Jesús se conmovió; confiando en la Divina Providencia se comprometió en una tarea que parecía imposible; sólo buscó la gloria de Dios: que el hombre viva.

Andrés Coindre compartió su fe y esperanza con otros: primero con seglares, luego con personas que querían consagrar su vida de una manera especial. Y Dios transformó ese carisma personal en un carisma comunitario para que su compasión se extendiera por toda la tierra como un gran fuego (cf. Lc 12, 49).


A lo largo de la historia, miles de hermanos y seglares, llamados por Dios a vivir este carisma, han anhelado que el Corazón de Jesús sea amado, nuestra divisa y común esperanza (cf. Rdv 12). Descubrimos la providencia de Dios en nuestros predecesores y especialmente en el venerable hermano Policarpo, que recibió la inspiración de continuar la obra del Fundador.



VIVIR EL PRESENTE CON PASIÓN


Dios misericordioso, que nos regala la vida y quiere que la tengamos en abundancia, nos acompaña día a día en nuestro caminar y da sentido a nuestra existencia.


Hoy, el Instituto y toda nuestra familia carismática congregada en torno a él, sigue creyendo en el amor de Dios, vive de él y lo difunde (cf. Rdv 13). Lo hacemos por muchos medios, pero principalmente a través de diferentes formas de educar a niños y jóvenes. El Espíritu Santo es quien anima cada una de estas obras y las hace fructificar, porque separados de Dios no podemos hacer nada (cf. Jn 15, 5).



Cada día, el Señor nos regala muchos motivos para vivir felices, en especial la pasión y compasión por los niños y jóvenes que hoy, en todo tipo de contextos, siguen necesitando que alguien les ayude a prepararse para la vida y a conocer el amor de Dios. Somos felices descubriendo la proximidad del Señor en los niños y jóvenes y siendo nosotros mismos presencia de Dios para ellos.



ABRAZAR EL FUTURO CON ESPERANZA


Dios misericordioso no abandona la obra de sus manos (cf. Sal 113, 8) y confiamos en que su amor será fiel de generación en generación como canta María en el Magníficat (cf. Lc 1, 50).


Esta es la esperanza que nos mueve: no nuestras fuerzas o nuestros éxitos, sino que en toda circunstancia Dios está siempre a nuestro lado y que el mundo entero es regenerado cada día en su amor. Siempre se han vivido circunstancias difíciles y seguirá siendo así; pero nuestro Dios es un experto en hacer posible lo imposible.



Dios sigue llamando, Dios sigue haciendo presente su Reino… y si Dios está con nosotros ¿qué podemos temer? (cf. Rom 8, 31). Por eso decimos, hoy y siempre: Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío.



N.B. Los títulos de cada sección están inspirados en la carta apostólica del Papa Francisco con ocasión del año de la vida consagrada, en 2015.






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