Carta del Superior General Hno. Mark Hilton


A mis hermanos en Cristo


En el umbral de este año del bicentenario de nuestra fundación, nunca hubiéramos imaginado el mundo sacudido por una pandemia, algo que sólo estalla una vez al siglo. Por doquier en el Instituto, es el momento de repensar las prioridades, subrayar los asuntos más importantes y adoptar decisiones que reflejen nuestra visión fundadora.


Mientras nuestros apostolados en todo el mundo van emergiendo lentamente de las distintas formas de confinamiento, mientras nuestras comunidades aisladas por la enfermedad y la cuarentena van sobreponiéndose también, un mundo nuevo nos rodea repleto de miedos y esperanzas, penas y alegrías. Sin embargo, esto nos brinda la ocasión de estar, a invitación de la Regla de Vida, en el corazón de la Iglesia y del mundo para transformarlos.


¿Cómo reexaminar nuestras prioridades en este momento? ¿Cómo avanzar? Quizás el mejor método consista en remontarse a los orígenes, a estas palabras del padre Andrés Coindre que expresan su visión en la primera Regla:


Los Hermanos del Sagrado Corazón recordarán a menudo estas palabras de

Jesucristo: He venido a traer fuego a la tierra y no deseo sino que arda.

Procurarán extender este fuego en todos los corazones, tras haberlo prendido

ellos mismos del corazón sagrado de Jesucristo.1


El padre Andrés Coindre se dirige a nosotros, sus hermanos, y nos propone este desafío. Y no solamente a nosotros: a través de nuestra misión, alcanza el exterior implicando también a los colaboradores en la misión y a quienes servimos.


En este texto, como otras muchas veces en sus escritos, el padre Andrés Coindre mezcla dos imágenes – el fuego y el agua– para propagar un fuego sacado, como el agua, del pozo del Corazón de Jesús.


Sacar de la fuente


Esta agua brota de un manantial, de un pozo, de un depósito de confianza y esperanza que encontramos en el Corazón de Jesús. Nos abastecemos de esta fuente, nos zambullimos profundamente en ella mediante la oración y la contemplación para descubrir la energía y la visión necesarias para la acción. De este manantial sacamos esos valores intangibles, pero esenciales, para la vida y el apostolado: la esperanza, la confianza, la compasión y la atención a los demás. Cualesquiera que sean las presiones del momento, primero debemos construir todas nuestras obras sobre la base de esos valores.


Convertirse en fuego


La otra imagen es la del fuego: activo, comprometido, transformador, apasionado y dinámico. Sacamos este fuego del pozo del Corazón de Jesús para encarnar este amor en una acción dinámica. Esto es lo primordial en estos tiempos: la compasión, que nos impulsa a la acción. El padre Andrés Coindre no nos pide quedarnos sentados mirando, sino buscar los medios para transformar el mundo conformándolo cada vez más al proyecto de Dios sobre todos nosotros.


Y esto no atañe únicamente a nuestros apostolados. La esperanza, la confianza y la experiencia de un Dios amoroso las encontramos en primer lugar en el marco de nuestra vida comunitaria: oración, sacramentos, compartir la Palabra, pasar tiempo juntos, comidas, servicios mutuos, celebraciones, duelos, vida común en medio de esta pandemia.


Fuera de nuestras comunidades, estamos llamados a reflexionar con los demás, a entrar en diálogo con las numerosas personas vinculadas a nuestra misión y que contribuyen a él. No se trata de responder a todas las preguntas, sino de encontrar el mejor camino a seguir, aquí y ahora, para los niños y jóvenes que se nos han confiado. Ya hemos visto la creatividad y el compromiso extraordinarios de tantos hermanos y colaboradores en al misión que han emprendido nuevos métodos de formar a los niños y jóvenes, de estar presentes compartiendo junto a ellos, de inspirar sus perseverantes esfuerzos. Y esos desafíos seguirán haciéndonos encontrar, tanto a nuestros colaboradores como a nosotros mismos, nuevas maneras de acompañar a los niños y jóvenes más allá de la crisis actual.



Una llamada a la solidaridad 2


El papa Francisco ha compartido numerosas reflexiones durante este periodo. Una de ellas lleva por título «Un plan para resucitar»3. En esta meditación sugiere que «una emergencia como la del COVID-19 es derrotada en primer lugar con los anticuerpos de la solidaridad». Vemos la solidaridad como el acto que consiste en mantenernos al lado de los demás para acompañarlos en su camino. Bebiendo del pozo de nuestra propia experiencia del amor de Dios, transmitimos esta esperanza, esta confianza, esta fe y esta compasión que Dios nos ha regalado con anterioridad. No debemos tener miedo, incluso en plena pandemia, de construir una «civilización de la esperanza contra la angustia y el miedo, la tristeza y el desánimo, la pasividad y el cansancio»4. Dios nos llama constantemente a un próximo encuentro lleno de esperanza.


La llamada del papa Francisco a la solidaridad concierne a toda la familia humana; nos recuerda que nuestros actos individuales afectan a todos quienes nos rodean, y que podemos ser mediante pequeños gestos los arquitectos de una solidaridad positiva con nuestro entorno. Por eso, en nuestras comunidades y misiones apostólicas locales, escojamos las posibilidades de este periodo abordando con confianza, ánimo y pasión el sentido de la solidaridad en el seno de nuestras comunidades e instituciones junto con los colaboradores y los niños y jóvenes que nos han sido confiados. Pero, más allá de todo eso, desarrollemos una solidaridad sin miedo al prójimo, intentando comprender su situación y encontrar con él las soluciones.


En el seno de nuestras comunidades locales ya hemos vivido una experiencia única de solidaridad entre nosotros, los hermanos, en la gestión de esta pandemia. Hemos necesitado confianza mutua y sentido del bien común para atravesar estos tiempos difíciles. Nuestros propios apostolados constituyen un desafío permanente: luchamos por reunir a los educadores y alumnos en lugares de enseñanza seguros, respetando las nuevas normas de distanciamiento social. En muchos sitios, las clases virtuales han permitido a los alumnos proseguir el aprendizaje desde casa. En otros, la ausencia de una conexión fiable a internet ha hecho aún más urgente la reapertura de las escuelas con la aplicación de todas las medidas posibles para proteger la salud de los alumnos y sus familias. A todo eso hay que añadir que el elevado paro laboral y otras consecuencias económicas de la pandemia han hecho más difícil todavía para las familias el acceso a los beneficios de la educación católica, poniendo en peligro incluso la supervivencia de algunas escuelas. ¿Cuál será el desenlace de todo esto? Como ya hemos experimentado, todo es posible si nuestros colaboradores, alumnos y nosotros mismos permanecemos solidarios y responsables los unos de los otros, cooperando en un esfuerzo común.


Ser un prójimo


La parábola del Buen Samaritano empieza con una pregunta: «¿Quién es mi prójimo?» Sin embargo, la cuestión con la que concluye el relato es la que se nos plantea a nosotros hoy: «¿Quién ha sido el prójimo del hombre necesitado?» Esta pregunta no se refiere al otro, sino a nosotros mismos, a nuestras reacciones. Nos arranca de nuestra zona de confort. No trata de los esfuerzos del otro, sino de los nuestros. No se centra en el valor del otro, sino en nuestro deseo de ayudar, en la esperanza. Nos remite a nuestra manera de estar al lado del otro, solidario con él, de caminar y trabajar con él en este periodo confuso. ¿Cómo nos hacemos prójimos? ¿Cómo somos solidarios con el otro? ¿Cómo buscamos comprender su situación para encontrar la mejor forma de reaccionar ante ella?


La respuesta resulta distinta dependiendo de las necesidades urgentes de cada lugar. Pero cada respuesta, eso esperamos, nace del mismo proceso:


- reconocemos nuestra propia experiencia del amor de Dios (ese pozo de esperanza en lo más profundo de nuestro interior);

- sentimos crecer en nosotros la llamada apasionada a actuar (ese fuego que nos abrasa por dentro y por fuera);

- emprendemos la acción que nos hace solidarios con nuestro entorno y nos impulsa a buscar soluciones a los desafíos que pueden sobrepasarnos individualmente.


Una llamada a todos para todos


Nuestra vocación a la solidaridad, al acompañamiento mutuo, al acompañamiento de nuestros alumnos y de quienes nos rodean, no es nueva; pero hoy es aún más necesaria que nunca. Es una llamada que se dirige a nosotros como hermanos, a los colaboradores que comparten nuestra misión, así como a los niños y jóvenes que salen también de esta experiencia.


Que esta crisis mundial pueda convertirse en una ocasión para celebrar la fidelidad de Dios hacia cada uno de nosotros y para que seamos instrumentos del amor de Dios con todos los que nos encontremos tanto dentro como fuera de nuestras comunidades y apostolados.


¡Que en todo lo que nos depare el próximo año, en este bicentenario de nuestra fundación, el Señor camine a nuestro lado llenándonos de su ánimo y confianza!



Hermano Mark Hilton SC

Superior general

Roma, 30 de septiembre de 2020


  1. André Coindre: Escritos y documentos, Vol 2, p. 25.

  2. La ilustración de esta página proviene, en origen, de la capilla de Paradis. La vidriera se encuentra hoy en nuestro colegio de Nueva Orleáns, en Luisiana.

  3. Papa Francisco, Vida Nueva, 17 de abril de 2020, Un plan para resucitar.

  4. Eduardo Pironio, Diálogo con laicos, Buenos Aires, 1986.

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