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Andrés Coindre: del recuerdo a la amistad

hace 10 minutos
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Poder participar de las celebraciones del Bicentenario de Andrés Coindre en Lyon fue una verdadera gracia y una oportunidad para reconocer la presencia de Dios actuando en nuestro Instituto a través de la vida y el testimonio de su fundador.



Durante los días previos pudimos recorrer algunos de los lugares más significativos de la vida de Andrés Coindre en Lyon, acompañados por la profunda mirada espiritual de nuestro Superior general, el Hno. Mark Hilton. El 30 de mayo celebramos la Eucaristía central en la iglesia de St. Bruno, presidida por Mons. Francis Bestion, antiguo hermano y actual obispo de Blois, lugar donde falleció el Padre Coindre. Después compartimos un almuerzo fraterno con numerosos amigos de la comunidad en el colegio St. Louis–St. Bruno, lugar donde el Padre Coindre estableció el Pío Socorro en 1818. Finalmente, el 31 de mayo nos encontramos con los hermanos de Paradis, a unos 130 kilómetros de Lyon, lugar adquirido por el Hno. Javier, donde el Hno. Policarpo vivió, ejerció su superiorato y donde hoy descansan sus restos. Allí celebramos la Eucaristía, descubrimos una placa conmemorativa en el mausoleo y compartimos nuevamente un almuerzo fraterno.


Poder realizar todas estas actividades, aunque sencillas, creo que fue una celebración que nos debíamos como comunidad. En 2021, cuando celebramos el Bicentenario de la fundación del Instituto, el mundo todavía estaba confinado a causa de la pandemia. Si bien todas las entidades hicieron su mayor esfuerzo para celebrar de la mejor manera posible, los festejos en Lyon debieron limitarse a los hermanos de Francia y al Consejo general. Fue, necesariamente, una celebración contenida. En esta oportunidad, en cambio, los hermanos pudieron abrir las puertas a muchos laicos y religiosos cercanos a la comunidad y, además, contamos con una representación prácticamente de todos los rincones del Instituto.

 

Esta representatividad se logró, en gran medida, gracias a la participación de los hermanos que se encontraban realizando la Sesión Internacional de Roma, de tres meses, para preparar su profesión perpetua. Fue un signo esperanzador contemplar la alegría de los hermanos franceses —ya mayores, tras entregar toda su vida al servicio del Reino en nuestro Instituto— al encontrarse con hermanos jóvenes provenientes de países muy lejanos, donde el carisma de Andrés Coindre sigue dando frutos. Y, para estos últimos, la historia de nuestra comunidad se convertía en una experiencia viva al poner por primera vez los pies en los lugares mismos de nuestra fundación.

 

Pero, en medio de todo ello, el aspecto más importante, para mí, fue la presencia misma de Andrés Coindre. Nuestro fundador estaba en la boca de todos, en cada gesto, en cada símbolo. Pudimos celebrar su vida en la tierra y el aniversario de su pasaje a la vida del cielo con alegría y gratitud. En este sentido, fue especialmente significativa la homilía de Mons. Bestion, que nos emocionó e inspiró profundamente por el amor y el reconocimiento que manifestó hacia nuestro fundador. Todos los presentes nos sentimos profundamente orgullosos de aquel hombre que escuchó la llamada de Dios y se entregó por entero, sin guardarse nada, hasta el final. Y sentimos que este mismo espíritu recorría todo el Instituto, presente hoy en más de treinta países, donde la familia carismática de Coindre sigue realizando su aporte a la educación y a la evangelización de niños y jóvenes.


Al concluir las celebraciones tuvimos, además, varios días de encuentro de la Comisión del Carisma del Instituto en la Maison Coindre. Se trata de un lugar clave en el proceso de recuperación de la memoria de nuestro fundador, pues allí funcionó el CIAC, Centro Internacional André Coindre, desde donde se investigó en profundidad nuestra historia y se difundió por todo el Instituto. 

 

También allí hubo un signo. Por primera vez se incorporaba a la Comisión un laico, el Sr. Thomas Mavor, de Estados Unidos, en representación de la Conferencia Anglófona. Y la Comisión estuvo trabajando justamente sobre cómo seguir favoreciendo que la vida que nace del Corazón de Jesús siga fluyendo por las venas de nuestro carisma compartido. Celebramos el Bicentenario de nuestro fundador, pero terminamos trabajando por y para su carisma vivo, que hoy es también el nuestro por gracia del Espíritu.

 

En esos días finales de reunión, mientras evaluábamos el proceso de estos tres últimos años y las celebraciones en Francia, una idea recurrente aparecía en nuestras conversaciones: todo había sido sencillo, todo había fluido, y el Instituto había abrazado, tal vez como nunca antes, la figura de su fundador. Y en todo ello vimos la mano de Dios.

 

Hace unos sesenta años, nuestra familia religiosa apenas conservaba el recuerdo del Padre Coindre: se mencionaba su nombre y poco más. Para el año 2000 ya conocíamos bastante de él y habíamos alcanzado una comprensión de sus intuiciones fundamentales que nos hacía sentir orgullosos de su vida; su nombre comenzaba a ser conocido entre docentes y alumnos y, lentamente, empezamos a colgar algunos cuadros con su rostro en nuestras obras. Ahora, en 2026, hemos dado un paso más: logramos sentirnos también orgullosos de su entrega final a Dios.

 

Pero todavía nos falta un paso. Y es un paso esencial, que probablemente no podríamos plantearnos si no hubiéramos recorrido todo este camino previo: desarrollar una verdadera relación espiritual con Andrés Coindre. Hoy podemos mirarlo como una figura histórica de la que sentirnos orgullosos. Podemos conocer su vida, estudiar sus escritos, comprender sus intuiciones y valorar la obra que inició. Pero todavía estamos llamados a algo más: a desarrollar con él una amistad espiritual.


Eso es lo que distingue nuestra relación con alguien a quien reconocemos como santo —o cuya santidad creemos que la Iglesia podría llegar a reconocer— de la que podemos tener con cualquier otra figura histórica. Andrés Coindre no es solamente parte de nuestro pasado: puede formar parte de nuestro presente. Podemos acudir a él, pedir su intercesión y confiar en que puede acompañarnos en nuestro camino. Sin esta relación espiritual y sin testimonios auténticos de su intercesión, no podremos avanzar hacia un eventual reconocimiento de su santidad por parte de la Iglesia.

 

¿Es esto importante? No para él, que ya está en el cielo. Pero creo que sí lo es para nosotros y para todas aquellas personas que pueden acercarse a Dios a través de su testimonio de vida y de su intercesión. Trabajar por su reconocimiento en la Iglesia no debe ser un acto de autorreferencia, sino todo lo contrario: compartir generosamente su figura con todo el Pueblo de Dios.

 

Nuestra espiritualidad es cristocéntrica. Nuestra relación con Dios es directa y tiene su centro en el Corazón traspasado de Jesús, y así debe ser. Andrés Coindre no ocupa ni puede ocupar ese lugar en nuestro corazón. Su misión es otra: ayudarnos a acercarnos más a Dios, a vivir el Evangelio y a dejarnos transformar por el mismo Corazón que transformó su vida. Este “apóstol del Dios de las misericordias”, como fue descrito en un periódico de su época, no quiere llevarnos hacia sí mismo, sino ayudarnos a caminar hacia Dios.

 

Por eso, después de este Bicentenario, creo que queda una invitación abierta para todos nosotros: pasar del recuerdo a la amistad, de la admiración a la confianza y del simple conocimiento de Andrés Coindre a experimentar su presencia espiritual en nuestra vida.

 

Te invito, entonces, a pedirle a Dios que, si es su voluntad, haga crecer en ti y en mí una verdadera amistad espiritual con Andrés Coindre, para que, por su testimonio y su intercesión, podamos acercarnos cada día más al Corazón de Jesús.

 

Hno. Emilio Rodrigo

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