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El hogar: raíz de las habilidades sociales

hace 1 hora
5 min de lectura

Si nos dieran la consigna de responder rápidamente qué soñamos para el futuro de nuestros hijos, seguramente no diríamos “que tengan mucho dinero” o “que acumulen varios títulos”. Es muy probable que lo primero que salga de nuestro corazón tenga que ver con algo mucho más simple y profundo: “que sean felices”.


En uno de los talleres para familias de Nivel Inicial que hemos compartido en el colegio Manuel Belgrano de Temperley, la profesional nos propuso pensar cómo desearíamos que ellos fueran en su adultez. Entre las respuestas más escuchadas aparecieron “personas de bien”, “empáticas”, “responsables”, “perseverantes”, “autónomas”, “respetuosas” y “alegres”.


Pero…¿cómo lo conseguimos? ¿Cómo logramos que nuestros hijos desarrollen esas cualidades? ¿Cuál es el camino? ¿Cómo forjamos en ellos hábitos buenos que luego se conviertan en virtudes y los dispongan a hacer el bien?


La respuesta no es sencilla. Cada persona es única, cada historia de vida es diferente y eso impide que haya fórmulas o recetas para conseguir lo que como padres soñamos. Además, sabemos que transitarán su camino con libertad y, por lo tanto, tomarán sus propias decisiones. Sin embargo, todos los días nos esforzamos por darles las mejores oportunidades. Queremos protegerlos y acompañarlos hacia una vida plena.


EL EJEMPLO EMPIEZA POR CASA


Todo esto nos invita a reflexionar acerca del papel fundamental que juega el desarrollo de las habilidades sociales en este desafío: aprender a resolver un conflicto con el perdón, hablar con la verdad, compartir, esperar el turno, entender las emociones del otro o decir “gracias”.


El ejemplo empieza en casa. Las habilidades sociales no vienen en el ADN, se aprenden paso a paso, igual que aprendemos a caminar o a andar en bicicleta. Los niños pequeños son observadores profesionales y, por eso, hay que reconocer, en primer lugar y ante todo, que el hogar es la primera y mejor escuela.


Antes de entender una explicación teórica sobre la amabilidad, nuestros hijos ya han pasado meses registrando minuciosamente cómo nos comportamos con los demás. El psicólogo Albert Bandura demostró que aprendemos por observación e imitación. Si queremos que un niño pida las cosas por favor, se disculpe cuando se equivoca o escuche sin interrumpir, el camino más corto es que nos vea hacerlo.


Qué importante, entonces, hacer “visible” la amabilidad: saludar al chofer, dar las gracias al cajero del supermercado y pedir las cosas “por favor” dentro de casa, incluso a nuestro propio hijo.


Qué importante también es cómo gestionamos los momentos de tensión. Si nos frustramos porque se nos cayó el café y reaccionamos gritando, aprenderán que el grito es una manera de responder ante un problema. Si intentamos respirar y decir en voz alta: “Qué rabia, se me cayó el café. Voy a buscar un trapo para limpiarlo”, estamos, sin saberlo, enseñando autorregulación. Lo mismo ocurre si pedimos disculpas, incluso a nuestros hijos: les estamos enseñando que reparar los errores es parte de una relación sana.



EL NIDO SEGURO


A veces pensamos que, para que un niño sea independiente y sociable, hay que “soltarlo” temprano y dejar que “se arregle solo”. Sin embargo, la teoría del apego puso de relieve la importancia de que un niño cuente con una base segura desde la cual pueda animarse a explorar el mundo exterior.


Cuando saben que estamos ahí para abrazarlos si se asustan, consolarlos si lloran o calmarlos si se frustran, su “valija emocional” se va llenando. Y es así como, poco a poco, se sienten más seguros de sí mismos y encuentran el coraje para soltarnos la mano en la plaza y acercarse a jugar con otros. Nuestro amor les da valentía para hacer amigos.


EL JUEGO COMPARTIDO: ESCUELA DE CONVIVENCIA


Otro escenario imprescindible para favorecer el desarrollo de las habilidades sociales es, sin duda, el juego compartido. Allí ocurren algunos de los aprendizajes sociales más valiosos. Y ese juego va cambiando muchísimo según la edad: del juego de ejercicio y el juego paralelo hasta llegar, poco a poco, al juego con reglas o al desempeño de roles.


Entre muchas otras habilidades, jugando se entrenan la tolerancia a la frustración y la negociación.


Una mención especial merece el valor de jugar con ellos. El juego entre padres e hijos es el primer “ensayo general” de la vida en sociedad. Nos convertimos en sus primeros compañeros de juego, pero con la posibilidad de acompañar esos aprendizajes de manera consciente.


Jugando con nosotros, aprenden a respetar turnos, a aceptar que no siempre se gana y a negociar reglas en un entorno seguro y amoroso. Agachándonos, sentándonos en la alfombra o acostándonos en el piso, nos ponemos a la altura de sus ojos y facilitamos una conexión real.


No intentemos dirigir el juego ni nos esforcemos para que sea perfecto. Si nuestro hijo quiere que los dinosaurios tomen el té, sumémonos a la merienda prehistórica. Dejemos que ellos propongan el rumbo: eso les da confianza en sus propias ideas.


El cerebro humano necesita del contacto cara a cara. El tiempo frente a una pantalla puede desplazar oportunidades de conversación, juego, movimiento e interacción con los demás: experiencias necesarias para aprender a convivir.


Algo similar ocurre con el diálogo familiar. La presencia constante de dispositivos -la televisión de fondo o el celular en la mesa, por ejemplo- puede interferir en la cantidad y la calidad de nuestras conversaciones y, sobre todo, restarle valor a un tiempo precioso que compartimos en familia.


Por otra parte, el uso de las pantallas como respuesta inmediata frente al aburrimiento o la frustración puede dificultar las oportunidades cotidianas de aprender a esperar.


ATENDER A TODAS LAS DIMENSIONES DE SU PERSONA


Para nosotros, los cristianos, el desarrollo de las habilidades sociales cobra un significado aún más profundo. No se trata solo de que los niños aprendan “buenos modales” para desenvolverse en sociedad, sino de enseñarles a amar al prójimo como Jesús nos enseñó.


Podemos, por ejemplo, orar en familia por los demás. Qué bueno sería que en la oración de la noche o antes de comer incluyamos peticiones sencillas por sus amigos, familiares o vecinos. Así les enseñamos que las necesidades de los demás importan.


Podemos también involucrarlos en acciones de caridad, como separar ropa o juguetes en buen estado para donar a familias que los necesiten. Incluso permitir que ellos mismos entreguen la bolsa puede ayudarlos a experimentar el desapego material y fortalecer el sentido de la generosidad.


A su vez, el encuentro con pares de distintas crianzas, personalidades y ritmos enriquece su vocabulario emocional y favorece el desarrollo de la empatía. Desarrollar habilidades sociales enraizadas en la fe es uno de los mejores regalos que podemos ofrecerles para que, el día de mañana, sean adultos felices y plenos.


Verónica Minetti y María de las Mercedes Ghersi

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