Espacio de lectura: la esperanza dicha de otro modo
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Para este año nos proponemos ofrecer algunos sencillos textos de reflexión en torno a la esperanza, con el fin de motivar nuestra interiorización personal en la línea de la Ordenanza del Capítulo general. El autor del texto de este boletín es Christian de Chergé, monje cisterciense. Los párrafos están extraídos de “La Esperanza invencible. Escritos esenciales del monje mártir de Argelia” (Ed. Lumen, 2007, págs. 118-121).
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Entre el tener y el poder, entre una mayoría y una minoría, como entre el pesimismo y el optimismo, la fe nos dice, aquí y allí, que hay espacio para un “tercer mundo” inédito: el de la esperanza… Y si el monje tiene algo que decir sobre esto, no es tanto como constructor eficaz de la ciudad de los hombres (aunque…) sino como decidido seguidor de una manera de ser en el mundo que no tendría ningún sentido fuera de lo que llamamos los “fines últimos” de la esperanza (escatología).

Cuanto mayor es la esperanza, más intuimos que esta no logrará realizarse sino invistiéndonos decididamente con una larga paciencia, consigo, con los otros, con Dios mismo. Hoy se hace necesario cuidarnos mutuamente para vivir. Cada pequeño gesto sirve para expresarse. Un vaso de agua dado o recibido, un pedazo de pan compartido, una mano estrechada, dicen más que un manual de teología sobre lo que es posible hacer juntos.
Estamos marcados, unos y otros, por un llamado del más allá, pero la lógica primera de ese más allá indica que es mejor actuar entre nosotros, hoy, juntos. Un nuevo mundo está en gestación y a nosotros nos toca hacer que su alma sea presentida…
Hace ya treinta años que llevo en mí la existencia del islam como una pregunta profunda, y tengo una inmensa curiosidad por el lugar que ocupa en el designio misterioso de Dios. Pienso que sólo la muerte me dará la respuesta esperada. Estoy seguro de poder descifrarla, rodeado de la luz pascual de aquel que se presenta ante mí como el único “musulmán” posible, porque no es más que “sí” a la voluntad del Padre. Estoy persuadido de que al dejar que esta pregunta me obsesione aprendo a descubrir mejor las solidaridades y las complicidades de hoy, incluso las de la fe. Evito así fijar al otro en la idea que me hago de él, que tal vez mi Iglesia me transmitió, o en lo que él puede a menudo decir de sí mismo en la actualidad.
¡Porque la excepción me interesa también! ¿Diremos en realidad que el monje no es un “verdadero” cristiano sólo porque es, efectivamente, un poco “raro”?
Me parece que vivir en la “casa del islam” es sentir concretamente la dificultad, y por lo tanto la gran urgencia de las novedades del Evangelio que la Iglesia no había extraído de su tesoro hasta recientemente, digamos incluso hasta el cambio fundamental del Concilio Vaticano II: no violencia práctica, urgencia de justicia social, libertad religiosa, respeto a la diferencia, sin olvidar la solidaridad con los más pobres, que siempre debe reinventarse.
Al mismo tiempo, percibimos que sería contrario al Evangelio no querer dar esos nuevos pasos hacia el otro sino bajo la condición de que él haga lo mismo… Hace falta escapar cueste lo que cueste a la ley de talión del “dando-dando” que nos hechiza de mil maneras. Ir hacia Dios y hacia el otro, es toda una sola cosa, y no puedo abstenerme, es necesario la misma gratuidad…
¿Y Jesucristo? Él es precisamente el gran sacramento de este “tercer mundo” de la esperanza, el iniciador de la fe en el hombre y su cumplimiento en Dios, tanto fuera como dentro de nosotros, escondido a los ojos del mundo por la nube del misterio divino y por el velo de la encarnación continua.









































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