Homilía de la Misa del Bicentenario de Andrés Coindre
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El 30 de mayo de 2026 se celebró en la iglesia de San Bruno en Lyon, Francia, la Eucaristía central en memoria del Padre Andrés Coindre,en el bicentenario de su fallecimiento. La misma fue presidida por Mons. Francis Bestion, actual obispo de Blois (diócesis donde falleció nuestro fundador) y antiguo Hermano del Sagrado Corazón. Su homilía, emotiva y profunda, tiene para nosotros un gran valor y nos puede ayudar a seguir profundizando en la persona de Andrés Coindre.
Querido Reverendo Hermano,Queridos Hermanos del Sagrado Corazón,Queridos hermanos y hermanas:
Si hoy celebramos la Eucaristía en memoria del Padre Andrés Coindre con ocasión del bicentenario de su muerte —o, mejor dicho, habría que decir de su nacimiento al Cielo—, ciertamente no es porque haya dejado un recuerdo imborrable allí donde pasó, ya sea en la diócesis de Lyon, en la de Le Puy-en-Velay o, menos aún, en la de Blois; en esta última solo vivió algunos meses antes de morir. No hay monumentos en su memoria, ni obras escritas por él que lo hubieran hecho célebre y, para colmo del olvido, ni siquiera una tumba en Blois donde se pueda acudir a rendirle homenaje o recogerse en oración. Gracias a Dios, por iniciativa de algunos Hermanos del Sagrado Corazón, entre ellos Guy Brunelle, se colocó una placa conmemorativa en la Catedral de San Luis de Blois el 27 de septiembre de 2014. Cada año se adorna con flores para el 30 de mayo.
Si tuviera que resumir las cosas, diría con gusto que el Padre Coindre pasó por esta tierra haciendo el bien, mucho bien, sembrando semillas que se convirtieron en árboles cargados de frutos. Sin embargo, una especie de velo de olvido cubrió esta vida totalmente entregada a Dios y a los demás, a causa de su trágico final. Ese velo —queridos Hermanos del Sagrado Corazón, hijos amadísimos de su fundador— ustedes tuvieron la inspiración y el valor de levantarlo desde hace unos treinta años, especialmente con la creación aquí en Lyon del Centro Internacional Andrés Coindre en 1993. Un profundo trabajo de investigación histórica y de reflexión sobre su carisma permitió sacar de la sombra la gran y hermosa figura de Andrés Coindre, redescubrir su paternidad espiritual, sentirse orgullosos de tenerlo como padre e imitarlo continuando su obra.

Permítanme compartir algo muy personal. Habiendo sido durante algunos años uno de ustedes en mi juventud, y por tanto hijo del Padre Coindre, nunca he olvidado los beneficios de la educación integral recibida entre los Hermanos del Sagrado Corazón y de la vida religiosa vivida con ellos. Pero, sobre todo, nunca he olvidado el origen y la fuente de todo ello: el Corazón de Jesús, que tanto amó a la humanidad. De ahí deriva la lógica que se impone a los hermanos de Cristo: “creer en el amor de Dios, vivir de él y difundirlo”, según las palabras de su Regla de Vida. Por eso hice figurar en mi escudo episcopal el símbolo del Corazón, tomado del escudo del Instituto, y elegí como lema las primeras palabras de la encíclica de Pío XII sobre el Sagrado Corazón, tomadas del libro del profeta Isaías: “Sacaréis aguas con alegría de las fuentes de la salvación”.
No hay duda de que fue en esta Fuente del Corazón de Jesús, donde bebió el Padre Andrés Coindre. De otro modo, ¿por qué habría hecho referencia explícita a él en el nombre de las congregaciones que fundó: las Damas de los Sagrados Corazones de Jesús y María en 1818 junto con Claudina Thévenet; después los Hermanos de los Sagrados Corazones de Jesús y María en 1821; y los Misioneros del Sagrado Corazón en 1822? Se podría pensar que simplemente seguía la corriente de la devoción al Sagrado Corazón tan presente en aquella época. Pero sería una visión muy reducida. El Padre Andrés Coindre se identificó, por así decirlo, con el misterio del Corazón amante de Cristo, del Corazón misericordioso de Jesús, tal como Él mismo se revela en las palabras del Evangelio que hemos escuchado: “Soy manso y humilde de corazón”; y sobre todo en estas otras: “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré”. Esta frase —he visto— figura en el frontón de esta iglesia. Comprendiendo su sacerdocio como el de un alter Christus, el Padre Coindre hizo suyos los sentimientos humanos del Corazón de Jesús, deseando vivir la compasión hacia los más pequeños, los más frágiles y los más pobres. La espiritualidad del Corazón de Jesús no era un adorno más entre otros aspectos de su vida espiritual; era su centro y su dinamismo profundo: vivir como Cristo, con Cristo y para Cristo, ofreciendo la propia vida como Él.

Hay un acontecimiento fundacional que pone de manifiesto esta caridad pastoral nacida de la fuente del Corazón ardiente de amor del Salvador. A comienzos del año 1816, al salir de la iglesia de San Nizier, el Padre Coindre vio bajo el pórtico a dos niñas de tres y cuatro años, vestidas con harapos. Las recogió y las confió a una joven piadosa: Claudina Thévenet. ¿Cómo no pensar, al leer este relato, en una escena de la conocida película Monsieur Vincent, donde se ve a Vicente de Paúl recoger a un bebé abandonado por su madre bajo el pórtico de una iglesia y llevarlo a Luisa de Marillac para que lo socorra? El director de la película condensó en esa escena la inmensa obra de caridad de san Vicente y de las Hijas de la Caridad, fundadas para ayudar a los niños abandonados, que se contaban por centenares cada año. A dos siglos de distancia, encontramos en Andrés Coindre la misma compasión, la misma caridad, nacidas de la contemplación de la Santa humanidad de Cristo, del Cristo compasivo, amigo de los pobres y de los pequeños.
Fiel al primer impulso de caridad que lo llevó a recoger a aquellas dos niñas bajo el pórtico de San Nizier, Andrés Coindre abrió un año más tarde un establecimiento llamado El Pío Socorro, destinado a jóvenes sin hogar ni recursos y, en sus comienzos, especialmente a jóvenes delincuentes que salían de prisión. Y fue precisamente para atenderlos que fundó la comunidad de los Hermanos de los Sagrados Corazones de Jesús y María en 1821. Hoy algunos calificarían esta iniciativa como una obra social. Pero, además de que el término sería quizás anacrónico, sería equivocarse respecto al objetivo que perseguía Andrés Coindre. Se trataba en realidad de una obra educativa en el sentido pleno de la palabra, es decir, una obra que considera el desarrollo integral de la persona: cuerpo, alma y espíritu. Se trataba ciertamente de enseñar un oficio a esos jóvenes —y se ofrecían varios—, pero también de proporcionarles una instrucción general y, sobre todo, una educación cristiana. En definitiva, formar cristianos, buenos ciudadanos y buenos trabajadores.
Cuando observamos la vida del Padre Coindre durante sus años de ministerio sacerdotal, desde su ordenación en 1812 hasta su muerte en 1826 —apenas catorce años—, podemos decir que se modeló sobre la vida de Jesús de Nazaret tal como nos la presentan los Evangelios, y que podría resumirse en dos verbos: predicar y sanar. La enseñanza y las curaciones constituyen la trama de los relatos evangélicos.
El Padre Coindre fue un predicador de misiones conocido y reconocido. Predicó unas cuarenta misiones parroquiales, principalmente en la diócesis de Lyon, y veinticinco retiros entre 1816 y 1825, es decir, en tan solo nueve años. Podemos imaginar la suma de trabajo y fatigas que ello supuso, una verdadera maratón al servicio de la evangelización.
Paralelamente a este servicio misionero de predicación, Andrés Coindre ejerció un ministerio de curación en sentido amplio. Se inclinó sobre las llagas abiertas de Cristo para vendar esas mismas llagas en la persona de los niños y jóvenes heridos de aquella época posterior a la Revolución. Como escribió el Hermano Emilio Rodrigo, “se mantuvo en pie en medio de tantas tragedias, con el corazón ardiente y la bandera del Corazón de Jesús en la mano”; “quiso sembrar la misericordia divina en medio de la miseria humana”. El mismo hermano añade esta observación: “destinado a una brillante carrera eclesiástica, decidió bajar del púlpito para ir a las misiones, a los pueblos, a las cárceles y junto a los niños de la calle”. Pienso, salva reverentia, que sería más exacto decir que, unas veces desde lo alto del púlpito y otras en medio de la calle, el Padre Coindre, a imagen de Cristo que predicaba y sanaba, fue un misionero del Evangelio y de la caridad hecha acción.
Queridos hermanos, sabemos dónde encontró el Padre Coindre tanto valor, tanta energía, tanta fuerza y abnegación, tanto celo. Era de la estirpe de aquellos apóstoles de Cristo que, inflamados por su caridad, nunca se detienen, aun a costa de agotarse en la tarea. Andrés Coindre no está en los altares —¡esperemos que algún día lo esté!—, pero, como sucede con muchos santos, podría decirse de él que es un modelo de vida cristiana, de virtud y de vida apostólica, aunque ciertamente no un modelo fácil de imitar. Como prueba basta recordar los pocos meses que pasó en Blois antes de su muerte. La actividad que desarrolló allí fue sobrehumana. El obispo, anciano y enfermo, ¿era realmente consciente de lo que significaban las responsabilidades confiadas al Padre Coindre? Era superior del seminario mayor, que contaba con noventa seminaristas y solo tres profesores; al mismo tiempo era vicario general; y, como si eso no bastara, también se le pidió predicar la Cuaresma en la parroquia de San Nicolás. Y, además de todo esto, seguía velando por los Hermanos del Sagrado Corazón. El Director General le escribía solicitándole consejos. Una frase de su última carta al Hermano Borja revela claramente la sobrecarga de trabajo: “trabajo como un desgraciado”.
Queridos hermanos, el Padre Coindre, su fundador, es para ustedes un modelo de consagración: ofreció su vida sin reservar nada para sí. Había comprendido que quien tiene a Jesús lo tiene todo. Al ofrecerle su vida, entró con total confianza en la propia ofrenda de Cristo al Padre. Como sacerdote, al celebrar la misa, se unió día tras día al sacrificio redentor de Cristo, a su misterio pascual actualizado en cada Eucaristía. En uno de sus sermones de misión sobre la misa recuerda a los fieles laicos —algo que el Concilio Vaticano II pondría especialmente de relieve— su participación en el sacerdocio de Cristo por el bautismo: “Ustedes son miembros de Jesucristo; ahora bien, un miembro no puede separarse de su cuerpo sin perder la vida. Del mismo modo, ustedes no pueden separarse del sacerdocio y del sacrificio de Jesucristo sin convertirse en miembros muertos. Por eso todos tienen funciones sacerdotales que cumplir, porque san Pedro los llama a todos al Sacerdocio real” (1 Pe 2,9).
En el momento en que vamos a entrar en la liturgia propiamente eucarística, donde por el ministerio sacerdotal de los obispos y los presbíteros el sacrificio de Cristo se actualiza para nuestra salvación y la del mundo, que podamos, queridos amigos, entrar en la ofrenda de Cristo a su Padre, participando así del modo más perfecto en el amor inconmensurable del Corazón de Jesús, siguiendo el ejemplo de la vida entregada y ofrecida del Padre Andrés Coindre, para gloria de Dios y salvación del mundo. Amén.
Pueden verse más fotos de la Misa aquí









































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