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La esperanza es un don al que abrirse

  • hace 14 minutos
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Para este año nos proponemos ofrecer algunos sencillos textos de reflexión en torno a la esperanza, con el fin de motivar nuestra interiorización personal en la línea de la Ordenanza del Capítulo general. Este segundo texto, al igual que el del boletín pasado, es de José María Recondo, en su obra “La esperanza es un camino” (Ed. Agape, Argentina, 2023).


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La esperanza cristiana no es algo que se puede conquistar, no es una actitud que se puede forjar de modo voluntarista, sino un don al que hay que abrirse a recibir y, en esa medida, saber pedir. Pero es un don que, acogido, es preciso, a su vez, aprender a cuidar y a cultivar…


A través de algunos rasgos de la vida evangélica que favorecen la acogida y el desarrollo del don de la esperanza cristiana en nuestros corazones, quisiera proponer una suerte de pedagogía de la esperanza. Dado que la vida evangélica se desarrolla integrando una diversidad de actitudes que se sostienen y fecundan mutualmente, se trata de dejarnos enseñar por el Evangelio la dinámica de la esperanza, para que sea ella la que configure nuestro modo de ser cristianos en la hora presente. En medio del cambio epocal que nos toca vivir, tan carente de orientación por falta de identidades y proyectos, el mejor modo de presentar al mundo nuestra fe es traducida al lenguaje de la esperanza, que ofrece una mirada original, única, sobre la vocación del hombre y el mundo de concebir su vida en este mundo.



En una de sus cartas, Bernanos (Combat pour la liberté, correspondance 1934-1948) sostiene que “la esperanza es una virtud de la infancia. Es el niño quien sigue esperando en nosotros, si no lo hemos sofocado de todo”. Donde hay infancia hay esperanza…


En el Nuevo Testamento se dice que “a quien tiene le será dado” (Lc 19,26), con el salmo que sostiene que “el Señor dará a sus amigos mientras duermen” (Salmo 127).


Sólo será dado a quien tiene verdaderamente. Tiene verdaderamente aquel que dice sí al ser como don y vive a partir del don del ser, dándose. Así recibe siempre de nuevo, experimenta la gratuidad del ser, experimenta que “el Señor da a sus amigos mientras duermen”. El niño que duerme es signo de esta verdad ontológica. Se abandona confiadamente. Sabe que mañana recibirá de nuevo aquello que ya ha recibido. Sólo el hombre-niño, que realiza esta dimensión del ser, espera de verdad. Va hacia el futuro, que para él no es un futuro incierto y oscuro, sino promesa de don que está presente en el don recibido que es el propio ser, la propia vida.

 
 
 

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