Misión Cor Jesv – Buenos Aires
- hace 2 días
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Cuando empecé la misión, la verdad es que no tenía muy claro a qué iba. El primer día fue bastante dudoso: con mi compañera teníamos muchas preguntas, no sabíamos bien qué hacer, cómo iba a ser la experiencia ni si nos iban a abrir la puerta. Estaba ese miedo de si íbamos a ser bienvenidos, porque venimos de Capital, donde muchas veces la gente no se abre tan fácilmente.
Ese primer día intentamos acercarnos a la gente, entramos a una panadería, pero en varias casas no nos atendieron. Sin embargo, a medida que fueron pasando los días, la experiencia fue cambiando por completo. Empezamos a conocer a un montón de personas y a encontrarnos con una predisposición y un amor que realmente me sorprendieron. En una de las casas que visitamos, por ejemplo, nos atendió una señora que daba catequesis. Ella nos contaba que sentía que había poco esfuerzo de parte de algunos padres con respecto a la religión, pero, paradójicamente, durante toda la misión (y también por lo que compartían otras parejas) lo que se veía era un gran interés y ganas de recibirnos.

Si me preguntan a mí, no hubo un solo momento en el que no encontrara a Dios. Desde chica tuve esa imagen idealizada de un ser superior que nos observaba y nos guiaba hacia lo “correcto”. Pero cuando uno vive esta experiencia, esa imagen se transforma y se empieza a hablar de Dios como amor.
Y si tengo que pensar dónde yo vi el amor en esta misión, no terminaría nunca. Lo vi en los misioneros cuando hacíamos las actividades y, aunque no teníamos por qué, ayudábamos a los otros a terminar más rápido. Lo vi en los mates que circularon durante toda la misión, desde los mañaneros hasta los que aparecían antes de cenar.
Lo encontré en los chicos, en esos seres que son tan puros y transparentes. Una imagen muy concreta es cuando estaban haciendo los denarios y, una vez que terminaban, se preguntaban en qué se ayudaban (cuando podrían haber elegido jugar a otra cosa mientras el resto esperaba). Y, por último, lo vi en cada casa, en cada historia, en cada regalo que nos dieron desde el corazón.
Pero, si me preguntan dónde estuvo ese amor más puro y concentrado, esa llama que aparece cuando todos predisponemos los corazones, fue en el fogón, sin dudas. Ahí estaban todos: misioneros, chicos, grandes, y todos dispuestos a entregar un poquito de ese amor. Recuerdo que, mientras las chicas contaban la “historia” del fogón, ahí sentadas las cuatro mirando a todos, no pude dejar pasar este pensamiento: ¡ahí está Dios! Ahí había tanto amor y tantos corazones encendidos que podíamos hacer millones de fogones.

Una de las cosas más importantes que me llevo de la misión es el sentido de vocación. Me pasó algo muy fuerte: me sentí completa, plena. Dejé de lado muchos problemas y cosas personales para centrarme en el otro, y en ese gesto también sentí una retribución muy grande. Ayudar al otro me hizo sentir bien a mí y eso no me resultó pesado ni trabajoso, al contrario, todos los días me levantaba predispuesta y con ganas.
Como grupo misionero siento que crecimos muchísimo. Nadie se quejaba, todos estaban bien dispuestos siempre, y eso hizo que la experiencia fuera todavía más linda. El último día entre todos los misioneros “chicos” (sin nuestros asesores, Abel Castro y el Hno. Emilio Rodrigo) charlamos sobre qué nos llevábamos de esta experiencia. Se repitieron muchas ideas como el amor, la compañía y el grupo increíble que se había formado. En mi caso, dije que me llevaba vocación, porque sentí que esto que hicimos era puro, que salía desde el corazón y no desde el interés.
Algo que hablamos mucho entre nosotros y que siento que fue un gran aprendizaje fue el saber escuchar. Estamos muy acostumbrados a hablar de nosotros, de nuestra vida, de comparar lo que vivimos con lo que vive el otro. En la misión apareció este ejercicio distinto: escuchar de verdad. Escuchar sin la necesidad de responder, de contar nuestra historia o de compararnos, sino simplemente estar presentes, empatizar y acompañar. Aprendimos que muchas veces no hace falta decir nada, que el otro no necesita soluciones, sino alguien que lo escuche y lo mire con atención.
La vuelta a casa fue dura. Volver a la normalidad, a la rutina y a la vida de todos los días fue muy fuerte. Me sentí un poco vacía, como si me faltara esa parte de contacto humano y de realidad que había vivido durante la misión. Me quedaron muchas ganas de contarle a todo el mundo lo que había vivido, pero al mismo tiempo sentía que no había palabras suficientes para expresar todo lo que sentí.

La misión también me hizo pensar distinto. Hoy siento más ganas de parar, de hablar con la gente y de escucharla. Me doy cuenta de que muchas personas quedan solas y que, a veces, en la corrida de la ciudad no nos frenamos a charlar. Y si hay algo que aprendí con esta experiencia es que escuchar la vida del otro es una forma muy profunda de crecer como persona y de salir de nuestro propio mundo.
Durante la misión conocimos a muchos chicos llenos de amor y energía, que te recargaban, pero también te dejaban cansado al final del día. También conocimos a un chico con una discapacidad y ver cómo gestos tan simples (como ir una tarde a cantarle) podían generar algo tan grande fue muy movilizante, no solo en él y en su mamá, también en nosotros. Eso me hizo entender lo importante que es estar, que dar un poco de nuestro tiempo, aunque parezca poco, puede cambiarle mucho la vida a otra persona.
Malena Catalano
NOTA: Esta primera misión del grupo Cor Jesv de CABA se llevó a cabo en los pueblos de Antonio Carboni y Elvira, de 300 y 150 habitantes respectivamente, cerca de la ciudad de Lobos en la Provincia de Buenos Aires. Participaron once misioneros y dos asesores.









































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