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Peregrinos xacobeos

  • comunicacion209
  • hace 2 días
  • 3 Min. de lectura

Siempre escuché hablar del Camino de Santiago y de la importancia que le daban muchos peregrinos. La idea me quedó latente y cuando me invitaron al encuentro de hermanos de la CALE de 65 años y más, vi que esta era la ocasión, la oportunidad y la decisión de realizar el Camino a Santiago de Compostela. Pero busqué a quién más entusiasmar: ¡al otro Hermano Mario (Gassmann)!, quien, después de una larga espera, se animó a emprender juntos semejante aventura. 

 

Comenzamos la planificación y decidimos salir desde Lugo, pues es necesario como mínimo caminar 100 km para conseguir la Compostela (certificado que acredita haber hecho el Camino de Santiago y que otorgan las autoridades eclesiásticas). El peregrino, previamente, debe adquirir una credencial donde reunirá sellos de cada lugar por donde va pasando. 

 

El día 15 de octubre de 2025 nos encontrábamos ya en Lugo, donde nos detuvimos un día para conocer la ciudad, con su muralla romana, su catedral, etc. Finalmente, el día 17 muy temprano comenzamos nuestra primera caminata: 27 km con uno o dos descansitos y, después de seis horas, llegar, por fin, al albergue de Ferrerira; allí descansar y prepararse para la siguiente etapa (día 18) hasta Melide. Por el momento todo muy lindo, cansados, pero bien. En cada etapa participábamos felices de la Misa del peregrino.


Pero llegado el día 19: lluvia a la vista. Así llegamos hasta Arzúa, donde secamos la ropa como pudimos. El día 20 amaneció con lluvia nuevamente, pero bastón en mano y a buscar el objetivo: Perrouzo. Día 21, nos quedaba la última: levantada a las cinco de la mañana, con la lluvia que nos acompañaría, linternas en mano… ¡y adelante! Tramos en oscuridad y otros con la luz de nuestras linternas o de otros peregrinos. Ya el cansancio se sentía más y más, pero la idea de que el objetivo estaba cercano nos daba fuerza para seguir. Así veíamos con ánimo cómo descontábamos kilómetros y, a todo esto, sumábamos el aliento de muchos peregrinos que perseguían el mismo objetivo que nosotros.

 

Así alcanzamos la meta tan deseada: la plaza del Obradoiro. Las gaitas sonaban dándonos la bienvenida y llenándonos de emoción en una explanada llena de peregrinos, contemplando como trofeo la Catedral que contiene los restos del Apóstol Santiago, dónde rezamos y pedimos por todas las intenciones que llevábamos. El templo nos cobijó por unas horas en donde pudimos participar de la Eucaristía y acercarnos a abrazar y venerar los restos del Apóstol.



Revisando lo vivido, rescato la importancia de tener un objetivo cada día: nos levantábamos por la mañana y ese día, tronase, lloviese o hiciera viento, teníamos que llegar a la localidad donde comenzaría la siguiente etapa. Otro aspecto importante: la sociabilidad. Nos encontramos con muchísimos compañeros de viaje, conocimos a incontables peregrinos, nos saludábamos intercambiando curiosidades: ¿de dónde eres?, ¿cuántos vienen?, ¿dónde comenzaron el camino…? ¡y a continuar caminando!, cada uno a su ritmo, y con el deseo mutuo por despedida: ¡Buen camino!

 

Lo que encuentras en el camino va mucho más allá de paisajes, albergues o credenciales. Encuentras miradas que hablan sin palabras, dolores que te enseñan a valorar tu cuerpo, risas compartidas con desconocidos que, por un instante, se convierten en tu familia y una paz que no sabías que te hacía falta. El camino no transforma tu vida, te recuerda quién eres. Cuando llegas a la plaza del Obradoiro, frente a la Catedral y miras para arriba, te das cuenta que ahí estaba lo que venías a buscar: entre Dios y los santos, entre subidas y bajadas, entre charcos y lluvia… lo importante es caminar… y llegar.

 

Aprovecho la ocasión para agradecer a los hermanos que nos dieron la oportunidad de realizar esta experiencia, también a los hermanos de la Casa Provincial de España, que estuvieron atentos en todo momento ante cualquier necesidad que pudiera presentar nuestra peregrinación

 

Hno. Mario Stempel



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