Los domingos del tiempo de Pascua

El tiempo litúrgico de Pascua dura 50 días, desde el mismo Domingo de Pascua hasta el de Pentecostés. El Hno. Lázaro, Superior provincial, nos invita a hacer un recorrido por los 8 domingos para comprender el sentido que nos propone la liturgia de cada uno.

  • En el primer domingo vemos a Mª Magdalena que llora al pié del sepulcro. Tenemos que felicitarla por la prontitud en la búsqueda del Amado. Nos podemos solidarizar con sus lágrimas y sentimientos, pero no nos alcanza pues no nos conduce a nada. Necesitamos dar un paso más para escuchar la voz del Amado, que nos da alas para anunciar a los hermanos la Buena Noticia. El crecimiento personal requiere complementar:

La dimensión humana y la espiritual, para permitirnos sentir el cariño del Padre.

La realidad objetiva y la esperanza confiada, que nos lleva y abre al encuentro con el hermano.

Los recuerdos del pasado y el cultivo de la vida interior, para escuchar de los labios de Jesús nuestro nombre y sentir que nos ama.

  • El segundo domingo nos pide encontrar a Jesús en comunidad. No lo vamos a encontrar en otra parte, como intentó Tomás. Las dificultades personales las podemos superar generando confianza en la comunidad, que es sacramento de la presencia de Jesús. Es ahí donde Él nos va a hacer experimentar el fuego de su amor; pero también tendremos que acompañar y ayudar a sanar las llagas de los corazones heridos de nuestros hermanos. Nos dice el evangelio que “ocho días después estaban de nuevo reunidos” y Jesús se hace presente con su Paz. Hay prácticas comunitarias que las sabemos de memoria, pero necesitamos recuperarlas para vivenciarlas y poder experimentar la fraternidad.

  • En el tercer domingo Jesús les pide a los discípulos “algo de comer”, para mostrarles que es Él mismo, y le ofrecen un pescado. Jesús nos pide que nos mostremos tal como somos en nuestra comunidad, que estemos abiertos a la alegría, a creer en nosotros mismos con las dificultades que percibimos. Pero a su vez cada uno también tiene que estar dispuestos a recibir y acoger al otro, sin intentar cambiarlo o pedir que se adapte a nuestros gustos. En la aceptación y en el amor al otro tal como es está la madurez de nuestra personalidad. La aventura que supone el encuentro fraterno forma parte del misterio que no podemos abarcar, pues también allí se hace presente Jesús. Esto nos ayudará a respetar los sentimientos del prójimo y a vivir el amor de entrega (que es totalmente opuesto a la relación de dominación y de confusión, por falta de diferenciación, donde algunos buscan que todos piensen y sientan igual). Es entonces cuando Jesús nos puede abrir el entendimiento y podemos creer en Él. Jesús nos pide algo que comer, lo que tengamos; pero a su vez nos ofrece el Pan que nos transforma y diviniza. Por esto se hace prioritaria la participación en la Eucaristía de cada día, para dejarnos transformar.

  • El cuarto domingo nos presenta figura del buen Pastor, donde Jesús nos dice que nos conoce y nos ama más de lo que nos conocemos a nosotros mismos. Somos tan valiosos a sus ojos que da su vida por cada uno de nosotros. Pero necesita que entremos en familiaridad con Él, que conozcamos su voz, que rumiemos su Palabra, que no andemos distraídos por la vida, dejando pasar oportunidades de intimidad con Él. Cuando nos distanciamos, se nos taponan los oídos y quedamos desorientados, a la deriva, al alcance de los todos los peligros, entonces ya sólo seguiremos nuestros criterios o los que vengan de fuera. Jesús da la vida por nosotros y no llama en forma permanente pero necesitamos elegir seguirlo.

  • En el quinto domingo se nos presenta bajo la figura de la “Vid verdadera” y nosotros somos los sarmientos. La vocación se nutre de la comunión con Cristo. Separados de Jesús no podemos hacer nada bueno, ya que “de Él procede toda bondad”. Permanecer en Jesús es vivir para Él, dejando que el Padre nos pode (para que cambie, saque o corte) todo lo que nos lleva a la separación del Hijo, la Vid verdadera. Permanecer en Jesús es poner nuestro “yo” en su “Yo”, asumiendo lo que Él espera y quiere de nosotros. Entre Él y nosotros está el “cordón umbilical” que nos nutre. El sarmiento separado de la Vid no da fruto. Por tanto renunciamos a satisfacer los gustos personales que nos engolosinan, nos entretienen y nos ciegan, para estar atentos a acoger lo que Dios nos está dando en forma permanente y que no admite comparación con nada.

  • En el sexto domingo, Jesús renueva el mandamiento del amor y nos confirma en su amistad, comunicándonos todos los secretos de su Corazón. Entramos en una intimidad mayor: Hasta ahora nos ha preparado para estar en el mundo y ahora nos quiere disponer para estar con Él. Con frecuencia nos sentimos solos o buscamos mil entretenimientos para evitar su presencia que nos compromete, y así pasan años y celebraciones que pueden estar vacías... Jesús nos quiere comunicar todo lo que ha recibido del Padre, pero seamos arriesgados para fijar nuestra mirada en la suya, para dejarnos transfigurar. No importa lo que nos pida pues “su gracia nos basta”. Aunque nos veamos inmaduros para corresponder a tanto amor no tengamos miedo, Él ha tenido la iniciativa para llamarnos a estar con Él, sabe quiénes somos y “completará su obra en nosotros”.

  • En el domingo de la Ascensión Jesús nos pide llevar a los otros la Palabra que hemos recibido y vivido. El medio más adecuado es el testimonio de nuestra vida gozosa. No somos creíbles de otra forma. Se nos hace una obligación vivir la alegría como elección personal. Nos ordena que anunciemos la Buena Noticias, sin olvidar que Jesús se dirige junto al Padre a prepararnos un lugar. Lo que proclamamos es mucho más que un cambio social: Invitamos a todos a formar parte de la familia de Dios, a vivir en comunión con la Trinidad. Al fijar nuestra mirada en el firmamento estamos recordando que nuestra comunidad es figura de otra que está por encima del tiempo y que se alcanza por la caridad.

  • En el domingo de Pentecostés el Espíritu Santo nos enciende con el fuego de su amor, nos hace valientes y permite que nuestra vida sea comprensible a todos los que quieran acoger nuestro testimonio. Cuando nos hacemos dóciles el Espíritu Santo cambia nuestras perspectivas humanas. Jesús nos da una mirada nueva pues “para Dios no hay nada imposible”. Experimentamos que Cristo está con nosotros, sólo pide que demos todo lo que somos y el resto, sin importar cuánto, lo completa Él en nosotros.

Hno. Javier Lázaro

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