Pluma Corazonista: Buscando…


La ochava era un buen lugar para estar al cuete, como lo hacían los chicos todos los sábados por la tarde, así hubiera sol o estuviera nublado. El kiosko sostenía, a sus espaldas, sus necesidades de golosinas, bebidas y otras cosas… Todos lo sabían y por eso siempre había un nutrido grupo de jóvenes habitués semana a semana.

-¡Hola!

-¡Mmm...!

-¿Qué tal?

-Bien.

-¿Qué hacés?

-Nada, chabón.

-¿No tenés nada que hacer?

-No, ¿por...? -y le pasó la botella de cerveza a modo de saludo y bienvenida.

-No, por nada. Preguntaba nomás... ¡Esto es un embole! -terminó suspirando.

Y ahora eran dos los muchachos que estaban sentados, mirando sin mirar hacia la calle por donde permanentemente pasaban autos y más autos, gente y más gente... La sirena de una ambulancia surcó el aire trayendo su sonido de angustiosa esperanza. El cochecito avanzaba esquivando baldosas flojas con un bebé que no manifestaba preocupación por la polución suspendida en el aire y en los oídos...

De pronto apareció... Se paró frente a ellos y los miró fijamente con una mezcla de duda y compasión. Tenía pelo y barba abundantes; iba vestido con una túnica larga y sandalias bastante gastadas como si se hubiera caminado todo... Pinta de bohemio tenía.

Ellos, más por el contratiempo de la interrupción del campo visual que por interés, le preguntaron qué quería.

-Nada. Miro.

Si hubieran prestado algo más de atención, se habrían dado cuenta que el personaje no hablaba de mirar simplemente, pues su expresión demostraba algo más que eso, en realidad, mucho más que eso.

Se trataba de un mirar con algo de incertidumbre en los ojos, como que no se ubicaba en la situación porque no se le daba cabida y, al mismo tiempo, como que quería meterse sí o sí a confraternizar con ellos pero con un respeto total a su decisión.

No, él nunca impondría a la fuerza su presencia, ni sus ideas, ni su palabra… Él, simplemente, se ofrecía, a veces con su sola persona, otras con su cercanía hecha de ademanes afables, otras, como ahora, con la expresión de su mirada penetrante, interrogadora, convocante, dispuesta a mostrar rumbos y propiciar seguimientos.

-Entonces, salí de adelante, no molestés.

-Bueno..., nada... lo que se dice nada... no. Estoy buscando gente que no tenga nada que hacer.

-¿Qué?

-Sí. Gente que no tenga nada que hacer...

-Escucháme, vos, ¿estás loco?

-Ya me lo dijeron hace una punta de años... casi dos mil...

-¡Tomátelas! ¡Rajá de aquí! ¡Dejáte de romper!

Al hombre se lo vio con ganas de insistir pero, al fin, siguió de largo, no amargado, no se sintió rechazado; es como si hubiera entendido que allí no tenía nada que hacer, al menos, por ahora. Ya les llegaría su tiempo, porque él no iba a dejar de arrimarse: es su estilo, es su compromiso, siempre obró así.

Mientras tanto el anciano en la ambulancia se dejaba transportar para morir, y el bebé del cochecito era llevado para devanar su vida hasta su propia ambulancia, pero mucho más adelante seguramente.

El hombre de la túnica echó su última mirada hacia atrás, abrió los brazos en forma de cruz como para abarcar a todos los que no tienen nada que hacer, tan sólo vivir..., y se dijo en voz muy baja: "¿Con qué van a llenar el inmenso y breve espacio entre la vida y la muerte?".

La boca del subte se lo fue tragando en pequeños trozos descendentes, mientras que a uno de los chicos le tocaba el turno de saborear su sorbo de cerveza que notó un tanto agria.

Hno. Roberto F. De Luca

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