Con Cristo formamos un solo cuerpo: la comunidad
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El 1º y 2 de noviembre de 2025, nos encontramos en el colegio Belgrano de Temperley, en el sector de “Pastoral” veintiún jóvenes para reflexionar sobre nuestra vocación, centrándonos en la necesidad del encuentro con los otros.
Hace un tiempo, conversaba con mi hermano y me contaba que, en el lugar donde estudiaba, las psicólogas sólo citaban a los chicos con un rendimiento académico muy bajo. Entonces me dijo: “A pesar de que nos vaya bien en lo académico, eso no significa que no tengamos problemas. ¿Qué hay de nosotros?”. Este último retiro orientado a la comunidad me hizo recordar aquella anécdota porque, aunque esté estudiando una carrera rentable —transitando “el camino del éxito” (o al menos lo que la sociedad considera éxito)—, eso no implica que no tenga conflictos personales y espirituales que deba atender. El retiro me ofreció precisamente ese espacio para hacerlo.
Uno de los conceptos más importantes del retiro fue que la comunidad es un solo cuerpo unido en Cristo y cada miembro es valioso. Si uno se resiente, todo el cuerpo se resiente. La comunidad requiere una retroalimentación constante entre sus miembros: servir a quienes se sienten más desorientados o débiles. Sin embargo, atender a nuestros hermanos demanda tiempo y paciencia, nuestras energías se desgastan.

Entonces surge la pregunta: ¿de dónde proviene la energía necesaria si esta se consume? Justamente, si el sostén de la comunidad dependiera únicamente de nosotros, hace mucho estaríamos agotados. En realidad, la fuerza no proviene de nosotros, sino de Cristo y sus enseñanzas, una fuente inagotable que nos llena y renueva.
Otro punto de reflexión fue descubrir que es fundamental confiar en la comunidad más que en lo material. Hoy, más que nunca, esto cobra sentido: vivimos rodeados de máquinas y algoritmos que nos hacen creer que podemos apoyarnos totalmente en ellos, pero que no responden a nuestra frágil naturaleza humana. La única manera de superar esa fragilidad es ayudarnos mutuamente, siempre fundados en Cristo.
También cuestionamos el consenso entendido no como la búsqueda del bien común, sino como un punto medio donde todos nos sentimos cómodos, una especie de “comodidad común”. El problema de este tipo de consenso es que nos lleva a aceptar ideas o acciones alejadas de Dios y el miedo a la confrontación o al rechazo termina por silenciarnos. Es cierto que no siempre podemos hacer todo el bien que quisiéramos, pero aun así debemos buscar la voluntad de Dios y avanzar hasta donde las circunstancias lo permitan.
Pero, más allá de todas estas reflexiones, lo más importante fue recordar que estamos llamados a ser “otros Cristos en la tierra”, extendiendo el Reino de los Cielos y fortaleciendo la comunidad. Porque, como dijo Jesús: “Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.” (Mt 18, 20).
Maximiliano E. Fittipaldi









































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