Encorazonados, encuentro virtual de docentes (24 de octubre de 2020) Testimonio II

En el contexto de esta pandemia que nos tiene a todos “virtualizados”, podemos creer que recibir una nueva “invitación a reunión Zoom” es “otra más” y es cierto, “otra reunión más” puede resultar una “carga más”, teniendo en cuenta la cantidad de trabajo y tiempo invertido que no es para nuestros alumnos, que son de escribir y escribir y presentar archivos y archivos que se acumularán quién sabe dónde… pero estamos obligados a hacer y a cumplir.

Esta propuesta en cambio, desde la invitación delicada, era diferente, aclaraba desde el vamos, que iba a ser un tiempo para nosotros, para dejarnos sin esa virtualidad “abstracta” que no nos gusta, y así poder vivenciar esa virtualidad de “presencia” que nos enriquece a todos. Y sí, claro que acepté la invitación y me propuse aprovechar ese tiempo. Y no me equivoqué.

Ese Jesús que habita en mí y que me muestra de todas las maneras posibles que está a mi lado, que me sostiene, que me abraza, que me perdona y que me cree, o que cree en mí, una vez más me sorprendió gratamente:

- Primera sorpresa: ¡Dios mío! ¡Cuánta gente! ¡Cuántos somos!

- Segunda sorpresa: ¡Cuánta disposición y alegría para compartir!

- Tercera sorpresa: Los espacios reducidos de encuentro alimentan nuestro testimonio de fe-vida-profesión enriqueciéndonos con la palabra y el misterio de la vida de los otros que, como yo misma, intentan llevar en su tarea cotidiana esa “pedagogía de la confianza”. Yo lo experimenté al llegar al colegio, que es mi casa, cuando muchas personas confiaron en mí y me hicieron sentir y me dieron confianza, permitiéndome desplegar mis dones y mi creatividad en la cotidianeidad de cada día. Y entonces supe que ese era un lugar en el que yo quería estar y que, además, me siento Corazonista y me aferro a ese Corazón de Jesús que quiere moldear el mío.

Y acá viene mi propio testimonio de lo vivido en ese “Encorazonados”: Me volví a redescubrir, “recordando” en el más amplio sentido de la palabra, es decir “pasando por el corazón” cómo mi propia tarea fue abrazando y fue asumiendo ese mismo modo que Jesús tiene conmigo, ese modo con el que los Hermanos Fundadores comenzaron esta gran empresa de Dios.

Me vi con aquellos niños que necesitaban de una palabra, de un abrazo, de una mirada y de mucho tiempo para ser escuchados y comprendidos. Y les volví a poner nombres y rostros, y los volví a sentir abrazándome con su cariño, con sus cartas, con sus dibujos y palabras, con sus visitas al aula llamándome “Profe”, para inmediatamente cambiar por “¡Perdón, Seño!” porque ya habían cambiado de nivel. Recordé además sus silencios, que me han dicho tantas cosas… A todos esos “difíciles” que fueron mis elegidos y favoritos, los vuelvo a elegir cada día y los acepto en mi tarea, así como son, del mismo modo en el que yo, con más fallas seguramente que virtudes, muchas veces también soy aceptada y especialmente valorada y querida. Todos son importantes e iguales, sólo que algunos a veces necesitan un poquito más… sólo hay que tomarse el tiempo, conocerlos y estar atentos para notar la diferencia.



Renové muchas de mis prioridades y las sigo asumiendo, tratando de vivir en el día a día más “encorazonada”, más agradecida por haber podido elegir no sólo mi carrera, sino también por poder vivirla hablándole a los niños y niñas de Jesús, y hablándole a Jesús cada día también de cada uno de ellos en cada jornada de encuentro y de trabajo, comenzando siempre con una oración.

Gracias a todos los que con tanto cariño, dedicación y creatividad prepararon este encuentro que tuvo “de todo”, que se aprovechó y que se vivenció en comunidad y en fraternidad.

Si algo nos deja esta pandemia es, justamente, el uso necesario de la “virtualidad”, que nos permitió seguir al lado de nuestros alumnos y familias de este año, brindándoles lo mejor que podíamos de nosotros, desde la cercanía y la palabra por todos los medios disponibles con los que contamos y también desde el cariño a través de la pantalla, que se hizo recíproco e imprescindible, para sostenernos unos a otros mientras navegamos juntos, “remando en la misma barca”.

¡Sagrado Corazón de Jesús, dame un corazón semejante al tuyo!

Corina Ibáñez, Lomas de Zamora

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