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Un puente al futuro

Cuando me convocaron para esta linda misión de poder volcar en palabras las expectativas para el próximo curso, comenzaron a rondar por mi cabeza temas diversos a los que referirme, pues en la vida nos atraviesan múltiples facetas: Dios, la familia, el trabajo, los amigos… ¡cuántos deseos y esperanza pensando en el futuro!


Luego, ya cuando los pensamientos dieron lugar a la reflexión, comencé a darme cuenta de mi error al visualizar todas estas cuestiones como diferentes compartimentos, y fue allí cuando verdaderamente consideré de modo integral todas mis dimensiones como persona.


Y nuevamente la pregunta: ¿qué expectativas tengo de cara al futuro? Entonces, tal como hacemos a la hora de trabajar con los niños, decidí enfocarme en esa mirada de la formación integral. Como docente, no pienso la educación como una capacitación para lograr conocimientos que acerquen a las personas a un título, sino con una mirada enfocada en cada individuo, en pasar favorablemente por la vida de los niños, que crezcan en un ambiente sano, donde sientan confianza y busquen la felicidad en Dios, en los demás y en ellos mismos.



Y allí radican mis esperanzas, mis deseos para lo que viene: en la felicidad, esa palabra tan repetida pero tan poco pensada. La vocación docente es un poco ese llamado a ser un puente, un puente que conecte a los que nos rodean con la felicidad.


En una sociedad tan mezquina, tan ausente de valores, en donde parece que todo da igual, en la que a diario nos bombardean negativamente, tenemos la obligación de ofrecer un mensaje de esperanza para que cada alumno de nuestro colegio y cada integrante de nuestra comunidad pueda proyectar y proyectarse en una sociedad más justa, más plena y más humana.


Felicidad y esperanza, linda combinación, ¿no?

Entre tantas cosas que anhelo para el futuro y que creo firmemente que van a llegar, no puedo olvidarme de mi relación con Dios. Es allí donde, justamente, encuentro las respuestas a tantas dudas y el alivio a muchos temores. Poder pensar en una sociedad que crezca y evolucione tomando a Cristo como modelo, que se alimente de Él y de su palabra, es un deseo que seguramente es común a muchos de nosotros. Y es aquí donde también cobra valor y sentido el rol de los docentes Corazonistas, dando a conocer a miles de niños y jóvenes el amor del Corazón de Jesús y el cobijo que nos ofrece.


No puedo olvidarme de los buenos augurios que guardo para nuestro país. Esa esperanza de la que hablamos y que quiero transmitir desde estas líneas para que cada uno de nosotros, desde el rol que le corresponda, siga haciendo su aporte para que Argentina sea esa nación que anhelamos, no sólo para nuestros hijos, sino también para todos nosotros. ¡Que sea ya! Y, guiados por nuestra Madre María, despertemos de una vez.


Para finalizar, los invito a sumarse y a transmitir cada día este mensaje de esperanza y felicidad. Nada más oportuno, en el comienzo de un nuevo curso, que convocarlos a seguir siempre adelante con el lema: “¡Amor a Dios, a la patria y al hogar!”


Cecilia Salatino

Nivel Inicial, Temperley

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