Pluma Corazonista: Dos estilos de escuela


DOS ESTILOS DE ESCUELA


Hace ya mucho tiempo que vengo con ganas de tocar este tema que me ha provocado, a lo largo de mi extensa labor escolar, no pocos sinsabores y ríspidos enfrentamientos, pero también grandes satisfacciones, además de sentirme bien conmigo mismo.


Lo haré con simplicidad aunque, obviamente, no todo es blanco y negro, también existen los grises que, cada uno, podrá colocarlos donde crea conveniente. Entremos en tema.


Hay escuelas “ordenaditas”. Me refiero a aquellas escuelas donde todo está en su lugar. Brillan por su limpieza, buen gusto. Se cumplen estrictamente los horarios. Nada se hace si no está previamente planificado y si no se afecta a otros estamentos que no deben tocarse. Donde se siguen estrictamente las normas… Digámoslo simplemente: es un lugar donde da “gusto” dar clase.


Y hay otras escuelas donde el objetivo pasa por otro lado, donde no todo es tan previsible; donde existe sí un orden general, pero también una posibilidad de cambiar casi de improviso lo que estaba planificado…


Me da la impresión de que el primer estilo es comandado por una planificación previa, y la norma es la impronta anterior a toda acción pedagógica o de organización escolar.


En cambio, en el segundo estilo, hay espacio para sorprender y parece más bien estar abierto a las personas que conforman la comunidad educativa, particularmente a los estudiantes.


Indudablemente que el segundo modo es mucho más complicado que el primero, pero creo que por éste pasa hoy día el poder transmitir la cultura y los valores que uno se propone. ¿Por qué?


Estoy convencido que la educación transita por formar convicciones en los alumnos, convicciones de las que son transmisores todos los que participan en la tarea educativa que las poseen y las comparten. Y estas convicciones no se forman si no existen en el pensamiento, la reflexión, en la asunción de responsabilidades, en las respuestas libres, en la creatividad, y, sobre todo, en el ejemplo.


Generar este tipo de desempeño es mucho más complicado, mucho más exigente y mucho más comprometedor que un estilo tan “ordenado” que no deja espacio a la iniciativa ni a la sorpresa.


Ojo, que, como dije más arriba, no es todo tan así. Puede darse al revés, pero lo más común es que no, que una escuela más familiar que gerencial, es más propia de la tarea educativa.


Y como dije, hay personas, educadores, para todo. Tanto una escuela como la otra requieren de personas, educadores, que la lleven adelante. Y es tan encomiable la tarea de los unos como de los otros. Inclusive, habrá, tanto en escuelas de un estilo como del otro, docentes que se complementen siendo afectos a uno u otro estilo. De lo que también estoy seguro es que los resultados serán diferentes.


Se me ocurre que también son estilos para épocas distintas. Me parece mucho más adecuada a la actualidad la segunda manera que la primera. Pero se exige una mayor presencia y cercanía en la segunda y una mayor personalización, porque se trata de compartir experiencias de vida más que de estereotipos probados y seguros del “éxito” previsible. Y eso en estas épocas, se torna muy difícil, apasionante y objeto de desafío.


Convengamos que una se basa más bien en las normas y la otra en los objetivos. Indudablemente que las normas están para conseguir los objetivos, pero primero deben establecerse los objetivos y después las normas.


Baste decir que si tengo por objetivo construir la comunión en la comunidad educativa, todas las normas apuntarán a ello, y podrán variar de acuerdo a las circunstancias que deban vivirse o que toquen vivirse. Las normas no deben ser inamovibles; deben adecuarse, deben adaptarse.


Concluyo que la mejor escuela para aprender es y seguirá siendo la escuela de Jesús: en comunidad (con sus discípulos), de acuerdo a la realidad, con paciencia, estímulo, misericordia, con principios inamovibles, pero personalizada, adecuada a la posible respuesta del “educando”, del “evangelizado”, y siempre en libertad, a la espera de una respuesta soberana.

Hno. Roberto F. De Luca

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