Pluma Corazonista: El Misterio

1/26/2016

Toda nuestra vida está rodeada de misterio: la vida misma es un misterio; la enfermedad; el dolor; la muerte; ciertas contrariedades y ciertas alegrías...

 

¿Qué es el misterio? Lo veo como algo inasible a nuestro concepto habitual de racionalidad.

El misterio también es una realidad que no se puede negar: ¡existe!, ¡está!; por lo tanto negar el misterio, que forma parte de nuestra vida y que es evidente, es privarse de una importante parte de ella; importante y fundamental.

 

Son cosas que escapan a nuestra investigación (lo apuntado más arriba). Pero más que dedicarnos a la investigación de esos misterios -para saciar nuestra curiosidad en busca de la verdad objetiva-, veo la cuestión como qué actitud deberemos asumir frente a ellos; eso, en definitiva, será lo que nos ayude a comprenderlos de alguna manera, dentro de nuestras limitadas posibilidades y, también, que nos ayude a vivir con ellos, a pesar de ellos, a partir de ellos…

 

Frente al misterio hay dos posturas: se niega o actúa a manera de acicate; aunque podría haber una tercera: lo veo pero no me provoca ninguna reacción, no me interesa. Esta última posibilidad se me antoja inhumana; más propia de una “ameba”, como decíamos de chicos para mencionar a algún compañero totalmente indolente y sin energía, épocas en que el concepto discriminación no estaba tan en boga.

 

El problema viene cuando tenemos en cuenta el misterio; cuando forma parte consciente de nuestra vida y se manifiesta en la acción, en la conducta, en los hechos. Es como que tenemos necesidad de apoyarnos en algo o en alguien para enfrentar lo que el misterio nos propone. Y comienzan, entonces, los cuestionamientos.

 

Si nos gusta tanto la vida, ¿por qué la muerte?

Si detestamos el sufrimiento, ¿por qué tanto y tan profundo?

Si necesitamos trascender, ¿por qué el apego a la inmanencia?

 

Profundizar en el misterio nos hace más sabios, más vitales, más solidarios, más verdaderos.

Huir del misterio nos ahonda más en nuestra mediocridad, en nuestra ignorancia, en nuestro egoísmo pero, al menos, lo hacemos conscientemente.

 

Ignorar el misterio: es una estupidez, es inhumano, porque no enfrentamos una realidad que nos rodea por todos lados estando a nuestro alcance, con el uso de nuestras facultades distintivas en el reino de la naturaleza, la posibilidad de plenificarnos como personas.

 

Dios quiera regalarnos esa ansia de querer saberlo todo, esa curiosidad que ennoblece, esa búsqueda constante de la verdad en nebulosa pero apasionantemente deseada por lo escondida y esquiva.

 

Hno. Roberto F. De Luca

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